Fecha: abril 18th, 2013 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: 1984, El Gran Hermano, George Orwell | Sin Comentarios »
<<… lo horrible era que todo ello podía ser verdad. Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir que este o aquel acontecimiento nunca había ocurrido, esto resultaba mucho más horrible que la tortura y la muerte.
El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. «El que controla el pasado — decía el slogan del Partido—, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado.» Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban «control de la realidad». Pero en neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar.
— ¡Descansen! — ladró la instructora, cuya voz parecía ahora menos malhumorada.
Winston dejó caer los brazos de sus costados y volvió a llenar de aire sus pulmones. Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo, y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.
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Fecha: marzo 20th, 2013 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, Notas literarias | 1 Comentario »

© Antoine de Saint-Exupéry
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:
-¡Ah!… -dijo el zorro-. Voy a llorar.
-Tuya es la culpa -dijo el principito-. No deseaba hacerte mal, pero quisiste que te domesticara…
-Sí-dijo el zorro.
-¡Pero vas a llorar! -dijo el principito.
-Sí-dijo el zorro.
-Entonces, no ganas nada.
-Gano -dijo el zorro-, por el color del trigo. Luego, agregó:
-Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver nuevamente las rosas:
-No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron bien molestas.
-Sois bellas, pero estáis vacías -continuó-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa que puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa que abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a la que escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.
Y volvió hacia el zorro:
-Adiós -dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
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Fecha: marzo 1st, 2013 | Autor: Babel | Archivado en: Actualidad, Viajes | Tags: cóctel, Gante, K-Billy’s, Oudburg, Vanina Vermaillen | 2 Comentarios »
Cuando mis pies pisaron la capital de Flandes Oriental, no sabía muy bien lo que me iba a encontrar. No soy amante de la ciudades europeas e incluso me atrevería a decir que me siento incómodo en ellas, desubicado. Gante me recibió con un clima frío, húmedo, absolutamente desapacible diría yo. Esa destemplanza fue la que me arrastró al tranvía que decidió trasladarme, a mí y a mi maleta, al corazón de la ciudad. Pasear por sus calles es sentir el manto de la historia a cada paso y es así, paseando, como descubrí un mosaico de colores en el interior de un local de la calle Oudburg. Mi voluntad suele ser dirigida por mi retina a demanda, así que mis pies quisieron formar parte del mosaico.
Así y no de otro modo es como Vanina Vermaillen y su local especializado en cócteles K-Billy’s se abrieron a mi mundo. K-Billy’s es el resultado de años de lucha por la libertad de expresión, por la libertad de ser dentro de un sistema que intentaba anular toda personalidad y crear pequeños fieles, años que vivieron las creaciones artísticas de Vanina en diversas exposiciones de arte y como diseñadora de ropa rockera.
Tímida ante mi cámara, Vanina se expresa con soltura y pasión en cuanto interpretas los temas adecuados. Estaría hablando horas, días con ella, porque no solo es apasionada con lo que hace sino que se percibe cierta contención que le impide explosionar todo el arte que le rebosa. Afortunadamente para mis ojos, mi vista, mi olfato, mis sentidos, mi pluma y yo estamos sentados delante de ella con uno de sus maravillosos cócteles para que nos transmita cómo crea, cómo siente, cómo expresa su arte a través de ellos.

© Giovanni Plozner
¿Qué se necesita para ser creativo?
Nada, algo, todo. Caos, paz interior. Todo esto lleva a una forma diferente de expresión, una forma diferente de arte. El caos origina caos y expresividad, la paz genera equilibrio.
Siento el carácter de la mezcla en tus ojos cuando agitas la coctelera, ¿De qué depende el secreto de un buen cóctel?
Un cóctel necesita equilibrio, algunas veces un poquito de cariño, de locura, de pasión y siempre mucho, muchísimo amor. Un cóctel nunca puede ser anodino, aburrido. Lo esencial para una buena mezcla nace con ingredientes de calidad y madura con la cantidad, que no se quede corto pero, sobre todo, que nunca se exceda.
¿A qué te agarras cuando te sientes bloqueada, sin los ingredientes vitales para generar nuevos productos?
La meditación me enseñó a liberar mi mente, a reencontrar así mi equilibrio. Cuando falla me refugio en el deporte y, por supuesto, siempre está la música. Cuando era niña solía tocar el bajo, ahora no dispongo del tiempo necesario para tocarlo pero… volveré! (me guiña el ojo). En cualquier caso, si tengo un momento de creatividad no necesito tener los ingredientes disponibles, mi cabeza actúa de coctelera y en su interior combino sabores y colores y en el noventa por ciento de los casos el resultado es tal y como lo imaginaba.
Equilibrio para crear. Es curioso comprobar cómo muchos artistas han creado sus mejores obras en estados anímicos extremos, ¿Por qué es tan importante el equilibrio para ser creativa?
Se puede ser creativo con las emociones a flor de piel como una forma de liberarse de estas emociones, y lo que has liberado será tu obra de arte. Estas obras no pasan desapercibidas pues reflejan una gran intensidad y liberan parecidas emociones en el público. También se puede crear desde el equilibrio interior y tu trabajo le dará equilibrio y paz y trasmitirá esa tranquilidad a aquellos que lo ven. Tu estado mental se reflejará en el arte que creas. Cuando se trata de bebidas, me encanta el equilibrio con un toque de pasión, un poco de locura y mucho amor. Así es como mis cócteles saben tal y como has podido comprobar (sonríe).
Gante me dio la felicidad y la posibilidad de expresarme de cualquier forma. Para mí, significa vida en su sentido más amplio.
Naciste en un pequeño pueblo del Oeste de Flandes, estudiaste en Brujas y ahora echas raíces en Gante, ¿Qué significa Gante para ti?
Gante significa libertad, creatividad y una vida con una mentalidad abierta. Gante me dio la felicidad y la posibilidad de expresarme de cualquier forma, de conocer gente que ha abierto mi forma de pensar. Para mí, significa vida en su sentido más amplio.
En una conversación que mantuvimos comentamos la influencia de Brujas en el mapa turístico belga, ¿cuál es el secreto oculto de Gante, qué la hace especial, distinta, genuina?

© Giovanni Plozner
Brujas es una ciudad preciosa, incluso más que Gante pero no pasa de ser una postal para turistas. Gante es vida, es lo que la define, lo que le da su carácter. Gante es bonita, una ciudad con historia pero está tan llena de vida! Entiéndeme, no al estilo de una ciudad grande, es más tranquila pero la gente es abierta, puedes ser tú mismo y además la ciudad también te ofrece tiempo y espacio para la expresión. En las grandes urbes todo va muy rápido, aquí se vive a otro ritmo, como en un pueblo pero con las posibilidades de una ciudad; puedes disfrutar de las vistas de una postal, perderte en la historia del lugar y sentir la vida del presente al mismo tiempo conociendo gente de cualquier parte del mundo.
Cultura y Gante ¿Qué cóctel me prepararías con estos ingredientes?
Sería uno colorido que reflejase la variedad cultural de Gante, con una esencia adquirida años ha para reflejar el carácter histórico de la ciudad; utilizaría un huevo como símbolo de juventud, por el hecho de ser una ciudad de estudiantes, continuidad y renovación; algo fresco por lo novedoso; algo amargo o picante para sentirse vivo; algo de azúcar para suavizarlo y por último pero no por ello menos importante, un toque de perfume para satisfacer los sentidos… Mi cóctel que encajaría a la perfección sería el “green fairy”: Absenta, Cointreau, clara de huevo, lima, menta fresca, azúcar de caña y unas gotitas de flor de naranja, bien batido para permitirle a cada ingrediente que te cuente su historia…¿lo recuerdas? Parece que te inspiró aquel día (sonríe)…
Un cóctel es una combinación de ingredientes que puede resultar mágico mezclado de la manera adecuada y que, como en la música, despierta los sentidos.
El gusto por la música es innato en esta ciudad, incluso música tan compleja como el jazz es interpretada en locales a una edad muy temprana, ¿consideras que el cóctel es al combinado lo que el jazz a la música?
La música en general, jazz, blues, música clásica, rock, techno, folk e incluso ópera está muy presente en Gante y, de hecho, muchos músicos residen aquí. Si te aventuras a pasear por la ciudad descubrirás una banda tocando en cualquier bar. La música está en el corazón, cualquiera que sea el género que interpretes y, como todo lo que procede del corazón, vive en él. La música es una combinación de notas que al mezclarla con un ritmo crea un arte que inspira a la gente, este arte contiene una parte del alma del compositor; en el mismo sentido, un cóctel es una combinación de ingredientes que puede resultar mágico mezclado de la manera adecuada y que, como en la música, despierta los sentidos.
Por último, dame tres recomendaciones para mezclarme con el belga gantés y conseguir un buen combinado.
Hmmm esta pregunta es difícil…creo que la mejor manera de mezclarse es no mezclarse (sonríe). Simplemente sé tú mismo y serás bienvenido. Conseguirás ser un ingrediente puro y propio al que añadiremos alguno característico de los ganteses y, por último, lo agitaremos con fuerza…estoy segura de conseguir un sabor para recordar!
Y es ese sabor el que atesoro en mi cajita personal y me llevo de vuelta a casa con la certeza de haber conocido a una persona singular y la fortuna de haber disfrutardo de uno de sus maravillosos cócteles.
K-Billy´s está en: Oudburg 47 9000 Gante, Bélgica
Texto: Babel
Fecha: diciembre 13th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura, Viajes | Tags: Bahia Ha Long, Bahía Tui Long, Vietnam | Sin Comentarios »
Cuenta una leyenda que tiempo ha, cuando los chinos se intentaron apoderar de tierra vietnamita sin ser aun Vietnam, el Emperador de Jade envió a una familia de dragones para ayudar a defender a su pueblo de la invasión. Justo en el momento en que los invasores irrumpieron con sus barcos en la orilla, los dragones descendieron e inmediatamente, sin dilación, escupieron numerosas perlas y jade que se convirtieron en miles de islas e islotes que emergieron del mar como enormes murallas, desafiando así a los barcos de los usurpadores, que no pudieron negociar los islotes y estrellaron sus naves contra las islas hasta romperse en pedazos.
También cuenta la leyenda que, una vez conseguida la ansiada victoria, la Madre Dragón y los pequeños dragones no retornaron al Cielo y permanecieron en la tierra donde había tenido lugar la batalla habida cuenta de la belleza del lugar. Y como tal no queda otra opción que formar parte de ella y de su historia.

© Antonio Carralón
Tui Long, Ha Long, Ha Long, Tui Long, dos bahías, dos mundos, una leyenda. Don Quijote veía los molinos de viento con los mismos ojos con lo que yo siento estos gigantes kársticos; sin la lanza, sin Rocinante, sin la coraza mas con su coraje, con él puse el pie sobre la proa de mi navegación, con él miro a lontananza y cierro los ojos para dejarme abrazar por el viento hasta que me envuelve y me eleva en una rápida espiral hacia el infinito; en sus alturas despliego mis alas de dragón para sobrevolar mis rocas, los barcos, el denso espacio azulado y descender vertiginosamente como una lanza hasta la superficie marítima para danzar entre los islotes; los observo, quiero sentir su silueta como si se tratara del cuerpo de una mujer; deseo reconocer sus formas, sentirlo suavemente a través de mis manos, cada centímetro, cada milímetro, cada espacio kárstico, acariciarlo dulcemente con mi olfato, con mi cuerpo. Es una necesidad de fusión extrema que me acerca a la naturaleza y me integra en su lenguaje. En casi todas las ocasiones que vuelo me regalo la forma de aterrizar, es la ventaja de llevar el timón de mis sueños, me poso suavemente sobre la estructura de madera y de nuevo la proa me vuelve a aceptar y a mostrar la bahía desde un sitio privilegiado.
Navegar estas aguas con una piragua es un básico. Navegarlas con uno de los tuyos un privilegio. Yo no entiendo de fronteras, Babel me llaman en la intimidad y el destino me ofrece como compañero de viaje un profesor de física. Cuando el remo golpea el agua el esfuerzo minimiza los sentidos si bien la recompensa se busca en el interior. Una hora, una fue suficiente para escuchar el silencio de las rocas, rodearlas de facto, sentirse pequeño ante esta maravilla natural, compartiendo remo, piragua y silencio con un corresponsal del mundo. A veces la soledad se comparte, se comparte con el silencio y es en ese silencio en el que me zambullo y me pierdo en el olvido.
Tui Long, Ha Long, Ha Long, Tui Long, dos bahías, dos mundos, una realidad que se inició en un sueño mas un charco de agua en la palma de mi mano me convencieron de su existencia.
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Texto: Babel
Fecha: noviembre 13th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: La princesa prometida, Notas literarias, William Goldman | Sin Comentarios »
-En ese caso –dijo el hombre de negro-, os reto a una batalla de ingenio. Vizzini se vio en la obligación de sonreír.
-¿Por la princesa?
-Me leéis el pensamiento.
-Parece que lo hago, ya os lo he dicho. Pero no se trata de nada más que de pura lógica y sabiduría. ¿A muerte?
-Habéis vuelto a acertar.
-Acepto –gritó Vizzini-. ¡Que empiece la batalla!
-Servid el vino –le pidió el hombre de negro.
Vizzini llenó las dos copas con el líquido rojo oscuro. El hombre de negro sacó de sus ropas negras un paquetito y se lo entregó al jorobado.
-Abridlo e inhalad, pero procurad no tocarlo.
Vizzini tomó el paquete y siguió las instrucciones que le acababan de dar.
-No huelo nada.
El hombre de negro volvió a coger el paquete.
-Lo que no lográis oler se llama polvo de iocaína. Es inodoro e insípido y se disuelve rápidamente en cualquier líquido. Da también la casualidad de que es el veneno más mortífero conocido por el hombre. Vizini empezaba a entusiasmarse.
-Supongo que no querréis alcanzarme las copas –dijo el hombre de negro.
Vizzini negó con la cabeza y repuso:
-Cogedlas vos mismo. Mi largo cuchillo no se apartará de la garganta de la princesa.
El hombre de negro se agachó para coger las copas. La tomó en sus manos y dio media vuelta. Expectante, Vizzini lanzó una risotada. El hombre de negro estuvo ocupado durante un largo instante. Luego se volvió de nuevo con una copa en cada mano. Con mucho cuidado colocó la copa que llevaba en la mano derecha delante de Vizzini, y la que llevaba en la izquierda la depositó sobre el pañuelo, pero más lejos del jorobado. Se sentó delante de la copa que había sostenido en su mano izquierda y dejó caer junto al queso el paquete de iocaína vacío.
-Os toca adivinar a vos –dijo-. ¿Dónde está el veneno?
-¿Adivinar? –gritó Vizzini-. Yo no adivino. Pienso. Discurro. Deduzco. Y luego decido. Pero nunca adivino.
-La batalla de ingenio ha comenzado –anunció el hombre de negro-. Acabará cuando vos decidáis y después de que nos bebamos el vino y descubramos quién estaba en lo cierto y quién muere. Debo añadir que los dos beberemos y naturalmente tragaremos en el mismo instante.
-Es todo tan simple –dijo el jorobado-. Lo único que debo hacer es deducir, por lo que conozco de vos, cómo funciona vuestra mente ¿Sois de la clase de hombres que pondrían el veneno en su propia copa o en la del enemigo?
-Estáis dándole largas al asunto -le advirtió el hombre de negro.
-Estoy gozando, eso es lo que estoy haciendo –repuso el siciliano-. Hacía años que nadie me planteaba un reto así, y me encanta… Por cierto, ¿puedo oler ambas copas?
-Adelante. Pero aseguraos de dejarlas luego tal y como las habéis encontrado.
El siciliano olisqueó su propia copa; luego tendió la mano por encima del pañuelo, levantó la copa del hombre de negro y la olisqueó también.
-Inodoro, tal como habíais dicho.
-También he dicho que estáis dándole largas al asunto.
El siciliano sonrió, y mirando fijamente las copas de vino dijo:
-Sólo un perfecto tonto pondría el veneno en su propia copa, porque sabría que sólo otro perfecto tonto escogería la copa que le fue asignada. Está claro que yo no soy un perfecto tonto, de manera que también está claro no escogeré vuestro vino.
-¿Es vuestra última decisión?
-No. Porque vos sabíais que no soy un perfecto tonto, de modo que también sabíais que yo jamás me tragaría semejante treta. Habríais contado con ello. De manera que también está claro que tampoco voy a escoger mi copa.
-Continuad –le pidió el hombre de negro.
-Eso pienso hacer. – El siciliano hizo una pausa para reflexionar-. Hemos decidido ya que lo más probable es que la copa envenenada sea la que tenéis vos delante. Pero el veneno es un polvo hecho con iocaína, y esta sólo proviene de Australia, y ese país, como todo el mundo sabe, está poblado de criminales, y los criminales están acostumbrados a que nadie se fíe de ellos, igual que yo no me fío de vos, lo cual indica claramente que no puedo escoger el vino que tenéis delante. El hombre de negro comenzaba a impacientarse.
-Aunque, una vez más, debéis de haber sospechado que yo conocía los orígenes de la iocaína, de manera que sabíais que también conocía a los criminales y su comportamiento; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tengo delante de mí.
-Habéis derrotado a mi turco, lo cual significa que sois excepcionalmente fuerte, y los hombres así están convencidos de que son demasiado poderosos para morir, demasiado poderosos incluso para un veneno como la iocaína; de manera que es posible que lo hayáis puesto en vuestra copa, en la confianza de que vuestra fortaleza os salvaría de la muerte; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tenéis delante.
El hombre de negro ya estaba muy nervioso.
-Pero, además, habéis vencido a mi español, lo cual significa que debéis de haber estudiado, porque él se pasó mucho años estudiando para
alcanzar la excelencia, y si podéis estudiar, está claro que no sólo sois fuerte. Tenéis plena consciencia de lo mortales que somos todos y no deseáis morir, de manera que habríais mantenido el veneno lo más alejado de vos; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tengo delante de mí.
-Lo único que pretendéis con tanta charla es que me delate –le dijo enfadado el hombre de negro-. Pues no os dará resultado. Os juro que de mí no sabréis nada.
-Ya lo sé todo de vos –replicó el siciliano-. Ya sé dónde está el veneno.
-Sólo un genio habría sido capaz de deducirlo.
-Es una suerte para mí que yo sea un genio –dijo el jorobado cada vez más divertido.
No podéis asustarme –dijo el hombre de negro, pero el miedo resonó en su voz.
-¿Bebemos entonces?
-Escoged, pues, dejaos de rodeos. No lo sabéis, no hay manera de que podáis saberlo.
El siciliano se limitó a sonreír ante aquella explosión. Entonces, una extraña mirada le nubló el rostro y señalando a espaldas del
hombre de negro le preguntó:
-¿Qué diablos será eso? El hombre de negro se volvió a mirar.
-Yo no veo nada.
-Vaya, habría jurado que vi algo, pero da igual. El siciliano se echó a reír.
-Yo no entiendo dónde está la gracia –comentó el hombre de negro.
-Os lo diré dentro de un momento –repuso el jorobado-. Pero antes, bebamos.
Y levantó la copa de vino que tenía delante. El hombre de negro levantó la que tenía delante de sí.
-Habéis escogido mal –le dijo el hombre de negro.
-Eso es lo que vos creéis –repuso el siciliano mientras su risa se hacía cada vez más sonora-. Lo que me ha hecho tanta gracia hace un momento es que cuando os volvisteis para mirar cambié las copas.
El hombre de negro no tenía nada que decir.
-¡Idiota! –gritó el jorobado-. Habéis sido víctima de un craso error de lo más clásico. El más famoso aconseja: <<Cuando estés en
Asia no participes nunca en una guerra terrestre >>. Pero este otro es un poco menos conocido: <<Jamás contradigas a un siciliano
cuando entra en juego la muerte>>.
Parecía bastante alegre, hasta que el polvo de la iocaína comenzó a hacerle efecto.
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Fecha: octubre 8th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Actualidad, Conciertos, Música | Tags: Dolores O´Riordan, The Cranberries | 1 Comentario »

© cranberries.com
Madrid, 5 de octubre de 2012, Palacio de Vistalegre, son las 21.29 y las luces se apagan. Dejo de reconocer a la gente que tengo cerca de mí, solo atisbo siluetas en la oscuridad, recortes de papel en la penumbra. Los decibelios se adivinan, el runrún de la gente se acelera, la luz se vuelve azul, un azul muy intenso que me recuerda su concierto de la sala La Riviera del año 1999. Entonces salen los hermanos Hogan junto con el resto de los componentes del grupo, salen todos menos ella, todos menos Dolores O´Riordan, la voz, el carisma, la excentricidad de una de las mayores fortunas de Irlanda si bien su mayor fortuna la atesora esa voz genuina, singular, esa voz tan personal, tan imposible de clonar.
Esta noche es la noche, la noche en la que el grupo irlandés The Cranberries vuelve a Madrid tras su exitoso concierto en este mismo espacio dos años atrás, esta noche es la noche, sí, la misma noche en la que los más adeptos a la causa O´Riordan vamos a disfrutar con el bautizo de Roses, su nuevo álbum editado a finales de febrero de este año.
La luz se vuelve azul y ahí está ella, con el pelo rubio y un vestido negro que le disimula un estado ilusorio. Y arranca con su Analyze testando la temperatura del público, que se desata en los comienzos y tirita una vez puesto en marcha. Dolores conoce el escenario como nadie y sin emanar una energía brutal es capaz de avivar al público con uno solo de sus movimientos característicos, excéntricos en su mayoría, que no encuentran otra cosa que aclamaciones y correspondencia. Para avivar las brasas la cantante enseguida saca su Instinto Animal y empuja a la masa más allá del escenario, público que llega a un primer momento de éxtasis con su recuerdo a una vida fuera de la realidad que se producía Sólo en su Imaginación. Los temas del nuevo disco congelan por momentos el ambiente dejando un halo de indiferencia en los asistentes y una primera parte del concierto yerma, fría y discutida.
La vuelta a escena, tardía, no mejora la perspectiva de un concierto de temperatura baja y, en ciertos momentos, distante. Dolores decide realizar incursiones en el No need to Argue con temas más intimistas aunque menos concertados como 21 o Empty. Sin la garra de antaño pero gradualmente enchufándose al concierto percibimos a una Dolores in crescendo, interpretando un Linger que nos muestra su cara más amable, la de los Cranberries de siempre, la que definitivamente rompe el hielo del concierto con una Dolores más agresiva, más involucrada en la escena. Acompañada de su guitarra, en ella reconocemos a esa artista que nos enamoró, no sólo con sus giros vocales sino con esa personalidad que llenaba los escenarios. A partir de este tema la vocalista nos comienza a mostrar el camino hacia un concierto más eléctrico girando hacia los temas de siempre, los que provocan en la multitud – y también en mi interior – una sacudida de adrenalina. Sus Pensamientos Ridículos, Promises y, por encima de todas ellas, Salvation calientan el aforo hasta convertirlo en un concierto.
La música se apaga. Las guitarras se han apartado de sus intérpretes con un adiós que insinúan un hasta luego. La espera es tediosa y ansiosa, más prolongada de lo habitual para unos bises, tediosa porque intuimos el final y ansiosa porque, por conocido, lo esperamos con verdadero ímpetu. Los componentes de los Cranberries vuelven a escena, de nuevo todos menos ella, que a los pocos instantes vuelve a aparecer haciendo gala de su escaso paladar para con el vestuario. Afortunadamente, lo que nos enamoró no es visible sino audible.
La tensión se masca por lo que está por llegar, es el final del concierto y Zombie no ha hecho presencia, no se le ha oído pero se le espera hasta que al fin… explosión de júbilo, locura desatada como si hubiesen accionado un dispositivo oculto que activase la adrenalina de los asistentes a la máxima potencia. La excitación dura porque dura lo que dura y alcanza el clímax con Dreams. Son esos sueños los que yo renuevo cada día y en mi imaginación imaginan que encontrarse de nuevo con los Cranberries será como volver a disfrutar de aquel viejo amigo que te hacía sonreír con las historias de toda la vida, con unas cuantas arruguitas de más y la vida tal cual la dejamos, en el mismo punto y en el mismo lugar.
Texto: Babel
Fecha: octubre 3rd, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche, Notas literarias | Sin Comentarios »

Miró Zaratustra a la gente y se quedó sorprendido. Luego continuó hablando así:
“El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda tendida sobre un abismo. Es peligroso cruzar al otro lado, es peligroso quedarse a medio camino, es peligroso mirar atrás, es peligroso echarse a temblar y es peligroso detenerse. La grandeza del hombre radica en que es un puente y no una meta; lo que hay en él digno de ser amado es que es un tránsito y un ocaso. Yo amo a quienes no saben vivir como no sea hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que cruzan al otro lado. Yo amo a los que desprecian mucho, pues ellos son los que veneran mucho; ellos son flechas del deseo lanzadas a la otra orilla. Yo amo a quienes no buscan más allá de las estrellas una razón para hundirse en su ocaso y sacrificarse, sino que se sacrifican en aras de la tierra para que surja de ella el superhombre. Yo amo a quien quiere vivir para conocer, y quiere conocer para que alguna vez aparezca el superhombre; y, de este modo, quiere su propio ocaso. Yo amo al que trabaja y crea para levantarle la casa al superhombre; al que prepara para él la tierra, el animal y la planta; pues, de este modo, quiere su propio ocaso. Yo amo a quien ama su virtud, pues la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo. Yo amo a quien no se queda ni con una sola gota de espíritu, sino que quiere ser enteramente el espíritu de su virtud; y, así, cruza el puente bajo la forma de espíritu. Yo amo a quien convierte su virtud en su inclinación y su destino fatal. Y así, quiere seguir y no seguir viviendo por amor a su virtud. Yo amo a quien no pretende tener demasiadas virtudes, pues una sola virtud es más virtud que dos, ya que es un nudo más fuerte al que queda sujeto el destino fatal. Yo amo a aquel cuya alma se da por entero y no pretende que se lo agradezcan ni que le devuelvan nada; pues entrega siempre y no quiere conservarse a sí mismo. Yo amo a quien, cuando le favorece la suerte en los dados, se pregunta avergonzado: “¿Estaré haciendo trampas?”: pues ese quiere perecer. Yo amo a quien, antes de obrar, lanza palabras de oro y cumple más de lo que promete; pues ese quiere su ocaso. Yo amo a quien justifica a las generaciones futuras y redime a las pasadas; pues ese quiere perecer por la generación presente. Yo amo a quien castiga a su dios porque lo ama; pues la ira de su dios acabará haciéndole perecer. Yo amo a quien tiene un alma profunda hasta cuando le hieren, y que puede perecer ante cualquier exigencia insignificante; pues ese cruza el puente de buen grado. Yo amo a quien tiene un alma tan colmada que se olvida de sí, y lo tiene todo dentro de él; pues a ese todo lo hunde. Yo amo a quien tiene un espíritu y un corazón libres; pues su mente no es sino la entraña de su corazón, y su corazón le impulsa al hundimiento. Yo amo a todos los que son como pesadas gotas que van cayendo una a una del nubarrón suspendido sobre los hombres, pues esos anuncian el rayo y perecen por anunciarlo. Yo anuncio el rayo y soy como una pesada gota que cae del nubarrón. ¡Y ese rayo se llama superhombre!”
Más notas literarias:
Fecha: septiembre 24th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura, Viajes | Tags: Angkor, Camboya, Siem Reap, Ta Prohm, Viajes | 5 Comentarios »
De repente percibí cómo cuatro pies descalzos, menudos, oscuros, se acercaron a mi círculo de seguridad insinuando unirse a mi aventura… Acto seguido, de forma explícita, me convencieron de su intención de ayudarme a cruzar al otro lado del templo. Reconocí de inmediato a dos de ellos pues pertenecían a la niña de piel oscura que había encontrado a la entrada. Sobre el otro par se erigía una niña de unos siete años; también de tez morena, llevaba una camiseta que se confundía parcialmente con su piel, el monzón había hecho estragos dejándola completamente empapada a juego con los pantalones. Introduje mi mano en mi vieja mochila, saqué una camiseta negra seca y, de forma protocolaria, se la impuse para protegerla de la lluvia… entonces nos miramos, nos sonreímos, nos entendimos, nos entusiasmamos de compartir aventura y de comprender, ellas, que yo no era un turista al uso y yo, que ellas no eran dos niñas cualquiera. Decidido, empujado por las manos de mis compañeras de viaje me adentré en el templo que estaba absolutamente inundado.

© Antonio Carralón
La magia del Ta Prohm me invade. Soy inmensamente feliz. Así debieron sentirse los antiguos exploradores soñando con descubrir, en solitario, templos ocultos de civilizaciones ancestrales. Llueve a cántaros pero no puedo dejar de permanecer bajo la lluvia, abrir los brazos, inclinar mi cabeza hacia el cielo y sentir cómo la lluvia golpea mi cara y se expande irremisiblemente por mi ropa, por mi piel, por mi interior. La virginidad de este templo sólo queda minimizada por la pureza del Beng Mealea pero yo la siento igualmente. Huele a jazmín aunque la gente del lugar subraya que es otra flor la que crece a su alrededor. Todo se paraliza…el intenso ruido de la selva se insonoriza, la densidad monzónica se evapora, la vida sigue en estado de catalepsia, todo se paraliza cuando uno alcanza su sueño y lo inmortaliza. Sí, la magia del Ta Prohm me invade.
La ausencia de gente me hacía sentir como un auténtico explorador de finales del XIX. Mientras mis compañeras tiraban de mis manos tratando de dirigirme hacia la salida, yo las esquivaba y examinaba minuciosamente cada uno de los rincones del templo, saltando de piedra en piedra, evitando charcos con sumo cuidado de no caer en el lodazal o de tropezarme con reptil alguno. Mis ángeles reían y reían por tratarse de un juego divertido en el que los tres participábamos sin ningún fin concreto más que la felicidad de dos mundos opuestos encontrados en el momento justo, en el sitio destinado. Mis escapadas furtivas me permitían contemplar las diferentes formas esculpidas en la arenisca. Las apsaras, ninfas acuáticas de la mitología hindú, sonreían con ambigüedad y parecía que fuesen a cobrar vida en cualquier momento; yo las imaginaba en la Sala de las Danzantes bailando justo delante de mí, dando vida a sus formas con el contoneo de sus caderas, sintiendo su vida a través de sus ojos rasgados y profundos. Me acerqué y no pude resistir la impune osadía de acariciar la escultura, de sentir el calor de la piedra fría que me trasladaba a un mundo irreal en el que me hallaba rodeado de apsaras que danzaban y danzaban a mi alrededor hasta que mi embriaguez mental me acercaba al precipicio de la locura y al unísono me alejaba de la tierra de la sensatez.

© Babel
El chapoteo de unos pies descalzos me devolvió a la realidad con una sonrisa a cuestas y me vi arrastrado hacia un camino de madera que parecía orientar al extraviado. Con la ropa empapada por la lluvia, desorientado ante la inmensidad del templo y la experiencia que estaba viviendo, reparé en mis dos pequeñas amigas y me di cuenta de que con la que estaba cayendo se había traspasado el umbral de lo permisible. Con un hondo pesar en mi interior ante la irreversibilidad de una repentina separación me agaché, miré detenidamente a mis amigas, me puse a su altura y extendí mis brazos para fundirme en sendos abrazos que se cosieron a mi piel. Las sentí como si fueran mías, todavía las siento y aún derramo mis lágrimas con la esperanza de que su felicidad perdure inscrita en su cara, por siempre, tal y como yo las conocí.
Corrí sin mirar hacia atrás evitando un dolor innecesario y, con una lágrima monzónica a cuestas me zambullí hacia el interior del templo. De repente me hallé en un estrecho pasillo, oscuro, sórdidamente silencioso y con el suelo cubierto de agua; con algo de destreza, desde luego no innata, logré atravesar dos estancias sin sumergir mis botas en la nada, giré hacia la derecha y me encontré el paso parcialmente obstruido por bloques de piedra que parecían haber sido elegidos como decorado. La naturaleza compartía espacio con la piedra impidiendo disfrutar de cualquier bajorrelieve esculpido en ella. Varios metros más adelante y después de hacer girar mi brújula aleatoriamente me encontré asomado a lo que creía era un pequeño rincón. Cual fui mi asombro al descubrir un pasillo asfixiado por las raíces de un árbol inmenso. El pasillo estaba aplastado, las raíces simulaban moverse y jugar con la piedra a su antojo, ¡era una extraordinaria demostración de la madre naturaleza! Me acerqué con cautela a sus raíces, incliné la cabeza hacia arriba y, asombrado, la longitud del árbol parecía no tener fin. Es increíble cómo se erguía hacia el infinito y al mismo tiempo sometía todo lo que pretendía hacerle sombra hasta que terminaba engulléndolo. Nunca me he sentido tan pequeño.
En el interior de la jungla, rodeado de historia abrazada por la madre naturaleza, mil instantáneas se suceden en mi cabeza… las dos niñas pedaleando descalzas y su eterna sonrisa, las Apsaras danzando alrededor de mi locura, mis pequeños ángeles camboyanos, compañeros fieles de viaje, el mimetismo entre naturaleza y piedra, un abrazo entre dos mundos opuestos… recuerdos vagos, recuerdos al fin y al cabo, recuerdos que empujan esa lágrima, la lágrima de la eternidad, la misma lágrima que inspiró a Tagore.
Texto: Babel
(Leer la primera parte de La lágrima de Tagore)
Fecha: septiembre 17th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura, Viajes | Tags: Angkor, Camboya, Siem Reap, Ta Prohm, Viajes | 2 Comentarios »
Una lágrima en la eternidad, así es como describió el poeta bengalí Tagore el majestuoso Taj Mahal. Esa misma lágrima es la que se oculta en cada uno de nosotros y aflora en la presencia de lo sublime. Yo, no puede ser de otra manera, nunca viajo solo pues mi lágrima siempre me acompaña; en realidad, al igual que mi cámara de fotos, tiene un pequeño resorte que funciona automáticamente en cuanto me rodeo de belleza, humanidad, desigualdad e injusticia. Hoy, mi lágrima y yo exploramos el Ta Prohm, inmerso en los templos de Angkor, en el corazón de Camboya.

© Babel
Ocho años, ocho llevaba esperando el momento en que mis pies pisaran suelo khmer. Anduviese por donde anduviese mis ensoñaciones me llevaban a la antigua Kampuchea, al esplendor de la época angkoriana rebosante de una arquitectura sin igual, a la creación de mi propia mano de fabulosos templos-montaña que simbolizaban la morada de Shiva en el monte Meru, a la exploración de templos mimetizados con la naturaleza ocultos tras una densa maleza. Ocho años, ocho esperando a lo que se convirtió en mi auténtica obsesión. Y allí me hallaba, delante de la entrada del Ta Prohm con mi lágrima y mi cámara, dispuesto a sentir lo que debió sentir aquel explorador francés que, según cuentan las crónicas, redescubrió Angkor en la década de 1860.
La tarde se tornó gris. Tras dejar atrás Angkor Thom, la ciudad amurallada en la que se halla el fabuloso Bayon, mi tuk-tuk se dirigió directamente aquí, a este templo-monasterio dado a conocer por el séptimo arte tras el rodaje de Lara Croft. El sonoro ruido de la moto con remolque ocultaba la intensidad sonora de la jungla en la que insectos, monos, reptiles y otros animales de cuyo aspecto no quería imaginar se hacían audibles que no presentes. Después de aparcar en la entrada del templo, mi conductor me indicó que me esperaba al otro lado del mismo pues debía cruzarlo.
Las nubes monzónicas invadieron el cielo y una densa lluvia apareció de repente impidiéndome asaltar el templo. Corriendo, tratando de esquivar los charcos originados por las lluvias de días anteriores, logré llegar a un cobijo donde poder refugiarme de la tromba de agua que estaba cayendo. Sentarme en el banco de madera del “apeadero” me brindó la oportunidad de disfrutar de la vida rural camboyana bajo el paraguas del monzón. Dos chicas, de unos diez o doce años, pedaleaban descalzas entre risas de pudor y complicidad. Las chicas no dejaban de mirarme mientras yo les devolvía la sonrisa y, con aire divertido, les seguía con cierta ansiedad por no perder su estela. Las ruedas de la bicicleta se deslizaban lentamente entre la tierra y escondían sus radios en el interior de los charcos para luego aparecer. Las chicas trasladaban la bici bajo la lluvia haciendo círculos en torno a un chamizo en el que varias personas se refugiaban de la lluvia. De entre ellas, un niño de unos tres años intentaba extender un plástico para que el agua no invadiera el interior de aquel tugurio. Mientras tanto, un adolescente se percató que algún reptil quería unirse a la fiesta sin estar invitado, agarró un palo de metro y medio de longitud y comenzó a apalear la tierra en repetidas ocasiones mientras los que le rodeaban buscaban un altillo en el que protegerse. Las dos chicas seguían pedaleando y buscándome con su mirada y su sonrisa y yo no cejaba de seguir jugando… la lluvia bajó su intensidad y, finalmente, decidí dirigirme a la entrada del Ta Prohm.
No puede ser. Ahí está. Una música colosal sacude mi interior. Estoy traspasando el gopura, la puerta-torre que da acceso al recinto. Lokeshvara, el << Señor del Mundo>>, vigila el exterior del templo desde lo alto de esta torre con una dudosa sonrisa, ¿qué sorpresas me deparará su obra?¿fue realmente capaz de controlar la voracidad de la jungla? Acabo de cruzar el umbral del gopura, perplejo, una vez más, por las caras de Lokeshvara; una mujer me requiere el pase que da acceso al templo. Tras mostrarle mi acreditación reparo en una niña de piel oscura, es un auténtico ángel camboyano de unos ocho años cubierto con un plástico que le protege de la lluvia. La niña porta una sonrisa maravillosa. Mi lágrima sale de inmediato. No puede ser que su sonrisa aglutine tanta historia, tanta vida en un suspiro, tanta ilusión por vivir, por ser, por coexistir, por compartir…la pura efigie de un pueblo.
Camino, camino deprisa, las hojas crujen a cada paso, a cada pisada de mis botas de montaña, pero debo llegar, alcanzar mi sueño, acariciarlo, olerlo, escuchar el silencio de su historia. Cierro los ojos y me siento el mismo Jayavarman VII, siento el poder del propio poder, el poder de crear, de dirigir, de construir un imperio que se incruste en la retina de los inmortales.

© Babel
Abrí los ojos y volví a mi realidad, solo, sin turistas a la vista, me acerqué a las inmediaciones del templo en el instante en que la densa lluvia volvió a hacer presencia. De repente percibí cómo cuatro pies descalzos, menudos, oscuros, se acercaron a mi círculo de seguridad insinuando unirse a mi aventura…
Texto: Babel
Fecha: septiembre 9th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: Editorial Planeta, El Mundo, Juan José Millás, Notas literarias | Sin Comentarios »
Cuando digo que mi madre me prefería, quiero decir que estaba enamorada de mí. Por lo visto, me parecía mucho a ella; era, en palabras de la gente, su <<vivo retrato>>. Vivo retrato, qué conjunción tan extraña de términos. Quizá fue la primera de una serie de expresiones del tipo gas natural, penosa enfermedad, revestimiento cerámico, flema británica, envejecimiento prematuro, capilla ardiente, alivio sintomático, tiempo muerto, rojo vivo, etc., que empecé a almacenar, como coleccionista, en la memoria.
Su vivo retrato, eso era yo. Tenía su nariz, su boca, sus dientes, su pelo. Cuando me veía a mí, se veía a sí misma, como Narciso en el reflejo del agua. Yo, en cambio, no me veía en ella. Yo no me veía a mí ni en el espejo. Pero parece que la deseaba, y mucho. A esa conclusión llegué en el diván. Mi vida ha estado determinada por aquel deseo que en el momento de manifestarse provocaba un gran rechazo (de nuevo la unión de contrarios). No me veía en el espejo porque cuando me asomaba a él descubría, en efecto, el rostro de mi madre sobre un cuerpo infantil. Era un espanto. Entonces tomé la decisión de no parecerme a ella y ese fue el proyecto más importante de mi vida. Me miraba en el espejo y ponía caras. <<Poner caras>> era un modo de buscar una identidad. Me pasaba las horas poniendo caras que no se parecieran a la de mi madre. Llegué a adquirir tal práctica que podía mantener durante horas las cejas en una posición antinatural. Corregí la forma de los labios, sobre todo la del superior, que se elevaba en el centro mostrando los dos dientes centrales, las dos palas, que eran idénticas en la boca de mamá y en la mía. Ignoro cuántos músculos tiene el rostro, pero creo que llegué a controlarlos todos y cada uno. Aún hoy, cuando me cruzo por la calle con alguien a quien no me apetece saludar, altero mis facciones de manera que no se me reconoce. Mi héroe de adolescencia sería, lógicamente, Fantomas.
Tras el rostro, le tocaba el turno al cabello, así que un día, en la peluquería, pedí que me cortaran el pelo a cepillo. El peluquero soltó una carcajada. Era imposible hacer ese corte en alguien con un cabello tan rizado como el mío (como el de mi madre, puesto que era suyo). Todo el mundo se rió de mi ocurrencia. Mientras la gente se reía, escuché el ladrido de un perro proveniente del patio interior al que daba el local. El animal pertenecía a uno de los peluqueros, que era cazador. Nunca he olvidado aquellas risas, ni aquel ladrido. Ni el patio interior, al que logré asomarme un día para ver al perro, cuya mirada mantuve durante unos segundos angustiosos.
No parecerme a mi madre. Comencé a comparar sus gestos y los míos, su entonación de voz y la mía, sus giros verbales y los míos… Me quedé espantado al comprobar que era, en efecto, una réplica suya. Hablaba como ella, movía los brazos como ella, intentaba imponer mis opiniones como ella. Durante años (durante toda la vida en realidad), estuve desmontándome y volviéndome a montar de otro modo. Hacía eso mientras crecía, mientras mis piernas y mis brazos se alargaban y me convertía en un adolescente. No desmontaba, pues, una materia inerte, una naturaleza muerta, sino un proceso. Cuando desmontas un proceso, al volver a montarlo, las piezas han cambiado de tamaño.
Cuando digo que mi madre me prefería, quiero decir que estaba enamorada de mí. Por lo visto, me parecía mucho a ella; era, en palabras de la gente, su <<vivo retrato>>. Vivo retrato, qué conjunción tan extraña de términos. Quizá fue la primera de una serie de expresiones del tipo gas natural, penosa enfermedad, revestimiento cerámico, flema británica, envejecimiento prematuro, capilla ardiente, alivio sintomático, tiempo muerto, rojo vivo, etc., que empecé a almacenar, como coleccionista, en la memoria.
Su vivo retrato, eso era yo. Tenía su nariz, su boca, sus dientes, su pelo. Cuando me veía a mí, se veía a sí misma, como Narciso en el reflejo del agua. Yo, en cambio, no me veía en ella. Yo no me veía a mí ni en el espejo. Pero parece que la deseaba, y mucho. A esa conclusión llegué en el diván. Mi vida ha estado determinada por aquel deseo que en el momento de manifestarse provocaba un gran rechazo (de nuevo la unión de contrarios). No me veía en el espejo porque cuando me asomaba a él descubría, en efecto, el rostro de mi madre sobre un cuerpo infantil. Era un espanto. Entonces tomé la decisión de no parecerme a ella y ese fue el proyecto más importante de mi vida. Me miraba en el espejo y ponía caras. <<Poner caras>> era un modo de buscar una identidad. Me pasaba las horas poniendo caras que no se parecieran a la de mi madre. Llegué a adquirir tal práctica que podía mantener durante horas las cejas en una posición antinatural. Corregí la forma de los labios, sobre todo la del superior, que se elevaba en el centro mostrando los dos dientes centrales, las dos palas, que eran idénticas en la boca de mamá y en la mía. Ignoro cuántos músculos tiene el rostro, pero creo que llegué a controlarlos todos y cada uno. Aún hoy, cuando me cruzo por la calle con alguien a quien no me apetece saludar, altero mis facciones de manera que no se me reconoce. Mi héroe de adolescencia sería, lógicamente, Fantomas.
Tras el rostro, le tocaba el turno al cabello, así que un día, en la peluquería, pedí que me cortaran el pelo a cepillo. El peluquero soltó una carcajada. Era imposible hacer ese corte en alguien con un cabello tan rizado como el mío (como el de mi madre, puesto que era suyo). Todo el mundo se rió de mi ocurrencia. Mientras la gente se reía, escuché el ladrido de un perro proveniente del patio interior al que daba el local. El animal pertenecía a uno de los peluqueros, que era cazador. Nunca he olvidado aquellas risas, ni aquel ladrido. Ni el patio interior, al que logré asomarme un día para ver al perro, cuya mirada mantuve durante unos segundos angustiosos.
No parecerme a mi madre. Comencé a comparar sus gestos y los míos, su entonación de voz y la mía, sus giros verbales y los míos… Me quedé espantado al comprobar que era, en efecto, una réplica suya. Hablaba como ella, movía los brazos como ella, intentaba imponer mis opiniones como ella. Durante años (durante toda la vida en realidad), estuve desmontándome y volviéndome a montar de otro modo. Hacía eso mientras crecía, mientras mis piernas y mis brazos se alargaban y me convertía en un adolescente. No desmontaba, pues, una materia inerte, una naturaleza muerta, sino un proceso. Cuando desmontas un proceso, al volver a montarlo, las piezas han cambiado de tamaño.