George Orwell – 1984 (1952) Ediciones Destino, S.A. / (2012) Austral (Págs.47-49)

Fecha: abril 18th, 2013 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: , , | Sin Comentarios »

<<… lo horrible era que todo ello podía ser verdad. Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir que este o aquel acontecimiento nunca había ocurrido, esto resultaba mucho más horrible que la tortura y la muerte.

El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. «El que controla el pasado — decía el slogan del Partido—, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado.» Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban «control de la realidad». Pero en neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar.

— ¡Descansen! — ladró la instructora, cuya voz parecía ahora menos malhumorada.

Winston dejó caer los brazos de sus costados y volvió a llenar de aire sus pulmones. Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo, y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.

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Antoine de Saint-Exupéry – El Principito. Ed. Salamandra, S.A. (Págs. 70-72)

Fecha: marzo 20th, 2013 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: , , | 1 Comentario »

 

© Antoine de Saint-Exupéry

Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:
-¡Ah!… -dijo el zorro-. Voy a llorar.
-Tuya es la culpa -dijo el principito-. No deseaba hacerte mal, pero quisiste que te domesticara…
-Sí-dijo el zorro.
-¡Pero vas a llorar! -dijo el principito.
-Sí-dijo el zorro.
-Entonces, no ganas nada.
-Gano -dijo el zorro-, por el color del trigo. Luego, agregó:
-Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver nuevamente las rosas:
-No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron bien molestas.
-Sois bellas, pero estáis vacías -continuó-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa que puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa que abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a la que escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.
Y volvió hacia el zorro:
-Adiós -dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

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Denébola – No me enterraréis (2011)

Fecha: marzo 14th, 2013 | Autor: Denébola | Archivado en: Literatura | Sin Comentarios »

No me enterraréis,
no existen ataúdes
diseñados para los sueños.
Yo fui eso, aunque a menudo
ardiese en piras de besos y caricias.
No hallaréis tierra suficiente
para sepultar la voluntad del ser.
Aunque esta more en carne perecedera
su esencia permanece.

© Antonio Carralón

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Texto: Denébola


Pablo Neruda – Confieso que he vivido. Memorias (1974). Ed. Seix Barral (Págs. 202-204)

Fecha: diciembre 18th, 2012 | Autor: Antonio Carralón López | Archivado en: Literatura | Tags: , , , | Sin Comentarios »

Cada hombre que llegaba de la derrota y del cautiverio era una novela con capítulos, llantos, risas, soledades, idilios. Algunas de estas historias me sobrecogían.
Conocí a un general de aviación, alto, ascético, hombre de academia militar y de toda clase de títulos. Allí andaba por las calles de París, sombra quijotesca de la tierra española, anciano y vertical como un chopo de Castilla.
Cuando el ejército franquista dividió la zona republicana en dos, ese general Herrera debía patrullar en la oscuridad absoluta, inspeccionar las defensas, dar órdenes a un lado y otro. Con su avión enteramente a oscuras, en las noches más tenebrosas, sobrevolaba el campo enemigo. De cuando en cuando un disparo franquista pasaba rozando su aparato. Pero, en la oscuridad, en general se aburría. Entonces aprendió el método Braille. Cuando dominó la escritura de los ciegos, viajaba en sus peligrosas misiones leyendo con los dedos, mientras abajo ardía el fuego y el dolor de la guerra civil. Me contó el general que había alcanzado a leerse El conde de Montecristo y que al iniciar Los tres mosqueteros fue interrumpida su lectura nocturna de ciego por la derrota y luego el exilio.

Otra historia que recuerdo con gran emoción es la del poeta anzaluz Pedro Garfias. Fue a parar en el destierro al castillo de un lord, en Escocia. El castillo estaba siempre solo y Garfias, andaluz inquieto, iba cada día a la taberna del condado y silenciosamente, pues no hablaba el inglés, sino apenas un español gitano que yo mismo no entendía, bebía melancólicamente su solitaria cerveza. Este parroquiano mudo llamó la atención del tabernero. Una noche, cuando ya todos los bebedores se habían marchado, el tabernero le rogó que se quedara y continuaron ellos bebiendo en silencio, junto al fuego de la chimenea que chisporroteaba y hablaba por los dos.
Se hizo un rito esa invitación. Cada noche Garfias era acogido por el tabernero, solitario como él, sin mujer y sin familia. Poco a poco sus lenguas se desataron. Garfias le contaba toda la guerra de España, con interjecciones, con juramentos, con imprecaciones muy andaluzas. El tabernero lo escuchaba en religioso silencio sin entender naturalmente una sola palabra.
A su vez, el escocés comenzó a contar sus desventuras, probablemente la historia de su mujer que lo abandonó, probablemente las hazañas de sus hijos cuyos retratos de uniforme militar adornaban la chimenea. Digo probablemente porque, durante los largos meses que duraron estas extrañas conversaciones, Garfias tampoco entendió una palabra.
Sin embargo, la amistad de los dos hombres solitarios y en su idioma, inaccesible para el otro, se fue acrecentando y el verse cada noche y hablarse hasta el amanecer se convirtió en una necesidad para ambos.
Cuando Garfias debió partir para México se despidieron bebiendo y hablando, abrazándose y llorando. La emoción que los unía tan profundamente era la separación de sus soledades.
-Pedro -le dije muchas veces al poeta-, ¿qué crees tú que te contaba?
-Nunca entendí una palabra, Pablo, pero cuando lo escuchaba tuve siempre la sensación, la certeza de comprenderlo. Y cuando yo hablaba, estaba seguro de que él también me comprendía a mí.

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La Bahía de los dragones

Fecha: diciembre 13th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura, Viajes | Tags: , , | Sin Comentarios »

Cuenta una leyenda que tiempo ha, cuando los chinos se intentaron apoderar de tierra vietnamita sin ser aun Vietnam, el Emperador de Jade envió a una familia de dragones para ayudar a defender a su pueblo de la invasión. Justo en el momento en que los invasores irrumpieron con sus barcos en la orilla, los dragones descendieron e inmediatamente, sin dilación, escupieron numerosas perlas y jade que se convirtieron en miles de islas e islotes que emergieron del mar como enormes murallas, desafiando así a los barcos de los usurpadores, que no pudieron negociar los islotes y estrellaron sus naves contra las islas hasta romperse en pedazos.

También cuenta la leyenda que, una vez conseguida la ansiada victoria, la Madre Dragón y los pequeños dragones no retornaron al Cielo y permanecieron en la tierra donde había tenido lugar la batalla habida cuenta de la belleza del lugar. Y como tal no queda otra opción que formar parte de ella y de su historia.

© Antonio Carralón

Tui Long, Ha Long, Ha Long, Tui Long, dos bahías, dos mundos, una leyenda. Don Quijote veía los molinos de viento con los mismos ojos con lo que yo siento estos gigantes kársticos; sin la lanza, sin Rocinante, sin la coraza mas con su coraje, con él puse el pie sobre la proa de mi navegación, con él miro a lontananza y cierro los ojos para dejarme abrazar por el viento hasta que me envuelve y me eleva en una rápida espiral hacia el infinito; en sus alturas despliego mis alas de dragón para sobrevolar mis rocas, los barcos, el denso espacio azulado y descender vertiginosamente como una lanza hasta la superficie marítima para danzar entre los islotes; los observo, quiero sentir su silueta como si se tratara del cuerpo de una mujer; deseo reconocer sus formas, sentirlo suavemente a través de mis manos, cada centímetro, cada milímetro, cada espacio kárstico, acariciarlo dulcemente con mi olfato, con mi cuerpo. Es una necesidad de fusión extrema que me acerca a la naturaleza y me integra en su lenguaje. En casi todas las ocasiones que vuelo me regalo la forma de aterrizar, es la ventaja de llevar el timón de mis sueños, me poso suavemente sobre la estructura de madera y de nuevo la proa me vuelve a aceptar y a mostrar la bahía desde un sitio privilegiado.

Navegar estas aguas con una piragua es un básico. Navegarlas con uno de los tuyos un privilegio. Yo no entiendo de fronteras, Babel me llaman en la intimidad y  el destino me ofrece como compañero de viaje un profesor de física. Cuando el remo golpea el agua el esfuerzo minimiza los sentidos si bien la recompensa se busca en el interior. Una hora, una fue suficiente para escuchar el silencio de las rocas, rodearlas de facto, sentirse pequeño ante esta maravilla natural, compartiendo remo, piragua y silencio con un corresponsal del mundo. A veces la soledad se comparte, se comparte con el silencio y es en ese silencio en el que me zambullo y me pierdo en el olvido.

Tui Long, Ha Long, Ha Long, Tui Long, dos bahías, dos mundos, una realidad que se inició en un sueño mas un charco de agua en la palma de mi mano me convencieron de su existencia.

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Texto: Babel


Denébola – Geografía (2009)

Fecha: noviembre 24th, 2012 | Autor: Denébola | Archivado en: Literatura | 3 Comentarios »

El Sol ha caldeado mi cuerpo. Siento mi piel incandescente y un cosquilleo sutil eriza y endurece mis pezones. La playa está desierta. Jugueteo con los dedos de mis pies plantados sobre la arena caliente, mis piernas forman una uve por la que vislumbro con los ojos entreabiertos un triangulo color turquesa en su vértice inferior, más claro, azul del cielo en su base, triángulo invertido.

© Antonio Carralón

Cierro los ojos completamente, la claridad es cegadora, y otros triángulos acuden a mi mente. Triángulos musgosos como de algas, la brisa salada me ayuda a fijar aún más esta visión, triángulos con sabores marinos y corales recónditos, triángulos púbicos. Coños juguetones, generosos, hambrientos y desinteresados en mis manos y en mi boca. Geografías deseadas, añoradas, se mezclan en mi recuerdo y humedecen mi vértice. Siento voces a lo lejos, pescadores probablemente se acercan en busca de la escasa pesca que por aquí se obtiene, sin dudas sus miradas han de posarse sobre mi cuerpo desnudo y solitario, pues nudistas y pescadores tenemos derecho a disfrutar este tramo de costa sin ser insultados. No me molesta ser observada, incluso en ocasiones me excita, tanto como me gusta ser yo la observadora. Hay algo hermoso, natural en los cuerpos desvestidos y brillantes por el agua, los aceites y el Sol.

Todos los cuerpos tienen a mis ojos algo deseable, algo amable. Unos senos flácidos resultan atractivos si se piensa en el milagro de endurecerlos a golpe de lengua y saliva.

Me resulta asombrosamente fácil amar las imperfecciones corporales, los estragos del tiempo sobre los cuerpos, no así las del alma. Pechos caídos, caderas y nalgas celulíticas, preferibles mil veces a la mezquindad, la crueldad o el egoísmo.


William Goldman – La princesa prometida (1990). Cesión de Ediciones Martínez Roca, S.A. al Círculo de lectores (Págs. 149-152)

Fecha: noviembre 13th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: , , | Sin Comentarios »

-En ese caso –dijo el hombre de negro-, os reto a una batalla de ingenio. Vizzini se vio en la obligación de sonreír.
-¿Por la princesa?
-Me leéis el pensamiento.
-Parece que lo hago, ya os lo he dicho. Pero no se trata de nada más que de pura lógica y sabiduría. ¿A muerte?
-Habéis vuelto a acertar.
-Acepto –gritó Vizzini-. ¡Que empiece la batalla!
-Servid el vino –le pidió el hombre de negro.
Vizzini llenó las dos copas con el líquido rojo oscuro. El hombre de negro sacó de sus ropas negras un paquetito y se lo entregó al jorobado.
-Abridlo e inhalad, pero procurad no tocarlo.
Vizzini tomó el paquete y siguió las instrucciones que le acababan de dar.
-No huelo nada.
El hombre de negro volvió a coger el paquete.
-Lo que no lográis oler se llama polvo de iocaína. Es inodoro e insípido y se disuelve rápidamente en cualquier líquido. Da también la casualidad de que es el veneno más mortífero conocido por el hombre. Vizini empezaba a entusiasmarse.
-Supongo que no querréis alcanzarme las copas –dijo el hombre de negro.
Vizzini negó con la cabeza y repuso:
-Cogedlas vos mismo. Mi largo cuchillo no se apartará de la garganta de la princesa.
El hombre de negro se agachó para coger las copas. La tomó en sus manos y dio media vuelta. Expectante, Vizzini lanzó una risotada. El hombre de negro estuvo ocupado durante un largo instante. Luego se volvió de nuevo con una copa en cada mano. Con mucho cuidado colocó la copa que llevaba en la mano derecha delante de Vizzini, y la que llevaba en la izquierda la depositó sobre el pañuelo, pero más lejos del jorobado. Se sentó delante de la copa que había sostenido en su mano izquierda y dejó caer junto al queso el paquete de iocaína vacío.
-Os toca adivinar a vos –dijo-. ¿Dónde está el veneno?
-¿Adivinar? –gritó Vizzini-. Yo no adivino. Pienso. Discurro. Deduzco. Y luego decido. Pero nunca adivino.
-La batalla de ingenio ha comenzado –anunció el hombre de negro-. Acabará cuando vos decidáis y después de que nos bebamos el vino y descubramos quién estaba en lo cierto y quién muere. Debo añadir que los dos beberemos y naturalmente tragaremos en el mismo instante.
-Es todo tan simple –dijo el jorobado-. Lo único que debo hacer es deducir, por lo que conozco de vos, cómo funciona vuestra mente ¿Sois de la clase de hombres que pondrían el veneno en su propia copa o en la del enemigo?
-Estáis dándole largas al asunto -le advirtió el hombre de negro.
-Estoy gozando, eso es lo que estoy haciendo –repuso el siciliano-. Hacía años que nadie me planteaba un reto así, y me encanta… Por cierto, ¿puedo oler ambas copas?
-Adelante. Pero aseguraos de dejarlas luego tal y como las habéis encontrado.
El siciliano olisqueó su propia copa; luego tendió la mano por encima del pañuelo, levantó la copa del hombre de negro y la olisqueó también.
-Inodoro, tal como habíais dicho.
-También he dicho que estáis dándole largas al asunto.
El siciliano sonrió, y mirando fijamente las copas de vino dijo:
-Sólo un perfecto tonto pondría el veneno en su propia copa, porque sabría que sólo otro perfecto tonto escogería la copa que le fue asignada. Está claro que yo no soy un perfecto tonto, de manera que también está claro no escogeré vuestro vino.
-¿Es vuestra última decisión?
-No. Porque vos sabíais que no soy un perfecto tonto, de modo que también sabíais que yo jamás me tragaría semejante treta. Habríais contado con ello. De manera que también está claro que tampoco voy a escoger mi copa.
-Continuad –le pidió el hombre de negro.
-Eso pienso hacer. – El siciliano hizo una pausa para reflexionar-. Hemos decidido ya que lo más probable es que la copa envenenada sea la que tenéis vos delante. Pero el veneno es un polvo hecho con iocaína, y esta sólo proviene de Australia, y ese país, como todo el mundo sabe, está poblado de criminales, y los criminales están acostumbrados a que nadie se fíe de ellos, igual que yo no me fío de vos, lo cual indica claramente que no puedo escoger el vino que tenéis delante. El hombre de negro comenzaba a impacientarse.
-Aunque, una vez más, debéis de haber sospechado que yo conocía los orígenes de la iocaína, de manera que sabíais que también conocía a los criminales y su comportamiento; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tengo delante de mí.
-Habéis derrotado a mi turco, lo cual significa que sois excepcionalmente fuerte, y los hombres así están convencidos de que son demasiado poderosos para morir, demasiado poderosos incluso para un veneno como la iocaína; de manera que es posible que lo hayáis puesto en vuestra copa, en la confianza de que vuestra fortaleza os salvaría de la muerte; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tenéis delante.
El hombre de negro ya estaba muy nervioso.
-Pero, además, habéis vencido a mi español, lo cual significa que debéis de haber estudiado, porque él se pasó mucho años estudiando para
alcanzar la excelencia, y si podéis estudiar, está claro que no sólo sois fuerte. Tenéis plena consciencia de lo mortales que somos todos y no deseáis morir, de manera que habríais mantenido el veneno lo más alejado de vos; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tengo delante de mí.
-Lo único que pretendéis con tanta charla es que me delate –le dijo enfadado el hombre de negro-. Pues no os dará resultado. Os juro que de mí no sabréis nada.
-Ya lo sé todo de vos –replicó el siciliano-. Ya sé dónde está el veneno.
-Sólo un genio habría sido capaz de deducirlo.
-Es una suerte para mí que yo sea un genio –dijo el jorobado cada vez más divertido.
No podéis asustarme –dijo el hombre de negro, pero el miedo resonó en su voz.
-¿Bebemos entonces?
-Escoged, pues, dejaos de rodeos. No lo sabéis, no hay manera de que podáis saberlo.
El siciliano se limitó a sonreír ante aquella explosión. Entonces, una extraña mirada le nubló el rostro y señalando a espaldas del
hombre de negro le preguntó:
-¿Qué diablos será eso? El hombre de negro se volvió a mirar.
-Yo no veo nada.
-Vaya, habría jurado que vi algo, pero da igual. El siciliano se echó a reír.
-Yo no entiendo dónde está la gracia –comentó el hombre de negro.
-Os lo diré dentro de un momento –repuso el jorobado-. Pero antes, bebamos.
Y levantó la copa de vino que tenía delante. El hombre de negro levantó la que tenía delante de sí.
-Habéis escogido mal –le dijo el hombre de negro.
-Eso es lo que vos creéis –repuso el siciliano mientras su risa se hacía cada vez más sonora-. Lo que me ha hecho tanta gracia hace un momento es que cuando os volvisteis para mirar cambié las copas.
El hombre de negro no tenía nada que decir.
-¡Idiota! –gritó el jorobado-. Habéis sido víctima de un craso error de lo más clásico. El más famoso aconseja: <<Cuando estés en
Asia no participes nunca en una guerra terrestre >>. Pero este otro es un poco menos conocido: <<Jamás contradigas a un siciliano
cuando entra en juego la muerte>>.
Parecía bastante alegre, hasta que el polvo de la iocaína comenzó a hacerle efecto.

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Friedrich Nietzsche – Así habló Zaratustra (1883-1885) Ed. M.E. Editores, S.L. (Págs 45-46)

Fecha: octubre 3rd, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: , , | Sin Comentarios »

Miró Zaratustra a la gente y se quedó sorprendido. Luego continuó hablando así:

El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda tendida sobre un abismo. Es peligroso cruzar al otro lado, es peligroso quedarse a medio camino, es peligroso mirar atrás, es peligroso echarse a temblar y es peligroso detenerse. La grandeza del hombre radica en que es un puente y no una meta; lo que hay en él digno de ser amado es que es un tránsito y un ocaso. Yo amo a quienes no saben vivir como no sea hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que cruzan al otro lado. Yo amo a los que desprecian mucho, pues ellos son los que veneran mucho; ellos son flechas del deseo lanzadas a la otra orilla. Yo amo a quienes no buscan más allá de las estrellas una razón para hundirse en su ocaso y sacrificarse, sino que se sacrifican en aras de la tierra para que surja de ella el superhombre. Yo amo a quien quiere vivir para conocer, y quiere conocer para que alguna vez aparezca el superhombre; y, de este modo, quiere su propio ocaso. Yo amo al que trabaja y crea para levantarle la casa al superhombre; al que prepara para él la tierra, el animal y la planta; pues, de este modo, quiere su propio ocaso. Yo amo a quien ama su virtud, pues la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo. Yo amo a quien no se queda ni con una sola gota de espíritu, sino que quiere ser enteramente el espíritu de su virtud; y, así, cruza el puente bajo la forma de espíritu. Yo amo a quien convierte su virtud en su inclinación y su destino fatal. Y así, quiere seguir y no seguir viviendo por amor a su virtud. Yo amo a quien no pretende tener demasiadas virtudes, pues una sola virtud es más virtud que dos, ya que es un nudo más fuerte al que queda sujeto el destino fatal. Yo amo a aquel cuya alma se da por entero y no pretende que se lo agradezcan ni que le devuelvan nada; pues entrega siempre y no quiere conservarse a sí mismo. Yo amo a quien, cuando le favorece la suerte en los dados, se pregunta avergonzado: “¿Estaré haciendo trampas?”: pues ese quiere perecer. Yo amo a quien, antes de obrar, lanza palabras de oro y cumple más de lo que promete; pues ese quiere su ocaso. Yo amo a quien justifica a las generaciones futuras y redime a las pasadas; pues ese quiere perecer por la generación presente. Yo amo a quien castiga a su dios porque lo ama; pues la ira de su dios acabará haciéndole perecer. Yo amo a quien tiene un alma profunda hasta cuando le hieren, y que puede perecer ante cualquier exigencia insignificante; pues ese cruza el puente de buen grado. Yo amo a quien tiene un alma tan colmada que se olvida de sí, y lo tiene todo dentro de él; pues a ese todo lo hunde. Yo amo a quien tiene un espíritu y un corazón libres; pues su mente no es sino la entraña de su corazón, y su corazón le impulsa al hundimiento. Yo amo a todos los que son como pesadas gotas que van cayendo una a una del nubarrón suspendido sobre los hombres, pues esos anuncian el rayo y perecen por anunciarlo. Yo anuncio el rayo y soy como una pesada gota que cae del nubarrón. ¡Y ese rayo se llama superhombre!”

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La lágrima de Tagore (II)

Fecha: septiembre 24th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura, Viajes | Tags: , , , , | 5 Comentarios »

De repente percibí cómo cuatro pies descalzos, menudos, oscuros, se acercaron a mi círculo de seguridad  insinuando unirse a mi aventura… Acto seguido, de forma explícita, me convencieron de su intención de ayudarme a cruzar al otro lado del templo. Reconocí de inmediato a dos de ellos pues pertenecían a la niña de piel oscura que había encontrado a la entrada. Sobre el otro par se erigía una niña de unos siete años; también de tez morena, llevaba una camiseta que se confundía parcialmente con su piel, el monzón había hecho estragos dejándola completamente empapada a juego con los pantalones. Introduje mi mano en mi vieja mochila, saqué una camiseta negra seca y, de forma protocolaria, se la impuse para protegerla de la lluvia… entonces nos miramos, nos sonreímos, nos entendimos, nos entusiasmamos de compartir aventura y de comprender, ellas, que yo no era un turista al uso  y yo, que ellas no eran dos niñas cualquiera. Decidido, empujado por las manos de mis compañeras de viaje me adentré en el templo que estaba absolutamente inundado.

© Antonio Carralón

La magia del Ta Prohm me invade. Soy inmensamente feliz. Así debieron sentirse los antiguos exploradores soñando con descubrir, en solitario, templos ocultos de civilizaciones ancestrales. Llueve a cántaros pero no puedo dejar de permanecer bajo la lluvia, abrir los brazos, inclinar mi cabeza hacia el cielo y sentir cómo la lluvia golpea mi cara y se expande irremisiblemente por mi ropa, por mi piel, por mi interior. La virginidad de este templo sólo queda minimizada por la pureza del Beng Mealea pero yo la siento igualmente. Huele a jazmín aunque la gente del lugar subraya que es otra flor la que crece a su alrededor. Todo se paraliza…el intenso ruido de la selva se insonoriza, la densidad monzónica se evapora, la vida sigue en estado de catalepsia, todo se paraliza cuando uno alcanza su sueño y lo inmortaliza. Sí, la magia del Ta Prohm me invade.

La ausencia de gente me hacía sentir como un auténtico explorador de finales del XIX. Mientras mis compañeras tiraban de mis manos tratando de dirigirme hacia la salida, yo las esquivaba y examinaba minuciosamente cada uno de los rincones del templo, saltando de piedra en piedra, evitando charcos con sumo cuidado de no caer en el lodazal o de tropezarme con reptil alguno. Mis ángeles reían y reían por tratarse de un juego divertido en el que los tres participábamos sin ningún fin concreto más que la felicidad de dos mundos opuestos encontrados en el momento justo, en el sitio destinado. Mis escapadas furtivas me permitían contemplar las diferentes formas esculpidas en la arenisca. Las apsaras, ninfas acuáticas de la mitología hindú, sonreían con ambigüedad y parecía que fuesen a cobrar vida en cualquier momento; yo las imaginaba en la Sala de las Danzantes bailando justo delante de mí, dando vida a sus formas con el contoneo de sus caderas, sintiendo su vida a través de sus ojos rasgados y profundos. Me acerqué y no pude resistir la impune osadía de acariciar la escultura, de sentir el calor de la piedra fría que me trasladaba a un mundo irreal en el que me hallaba rodeado de apsaras que danzaban y danzaban a mi alrededor hasta que mi embriaguez mental me acercaba al precipicio de la locura y al unísono me alejaba de la tierra de la sensatez.

© Babel

El chapoteo de unos pies descalzos me devolvió a la realidad con una sonrisa a cuestas y me vi arrastrado hacia un camino de madera que parecía orientar al extraviado. Con la ropa empapada por la lluvia, desorientado ante la inmensidad del templo y la experiencia que estaba viviendo, reparé en mis dos pequeñas amigas y me di cuenta de que con la que estaba cayendo se había traspasado el umbral de lo permisible. Con un hondo pesar en mi interior ante la irreversibilidad de una repentina separación me agaché, miré detenidamente a mis amigas, me puse a su altura y extendí mis brazos para fundirme en sendos abrazos que se cosieron a mi piel. Las sentí como si fueran mías, todavía las siento y aún derramo mis lágrimas con la esperanza de que su felicidad perdure inscrita en su cara, por siempre, tal y como yo las conocí.

Corrí sin mirar hacia atrás evitando un dolor innecesario y, con una lágrima monzónica a cuestas me zambullí hacia el interior del templo. De repente me hallé en un estrecho pasillo, oscuro, sórdidamente silencioso y con el suelo cubierto de agua; con algo de destreza, desde luego no innata, logré atravesar dos estancias sin sumergir mis botas en la nada, giré hacia la derecha y me encontré el paso parcialmente obstruido por bloques de piedra que parecían haber sido elegidos como decorado. La naturaleza compartía espacio con la piedra impidiendo disfrutar de cualquier bajorrelieve esculpido en ella. Varios metros más adelante y después de hacer girar mi brújula aleatoriamente me encontré asomado a lo que creía era un pequeño rincón. Cual fui mi asombro al descubrir un pasillo asfixiado por las raíces de un árbol inmenso. El pasillo estaba aplastado, las raíces simulaban moverse y jugar con la piedra a su antojo, ¡era una extraordinaria demostración de la madre naturaleza! Me acerqué con cautela a sus raíces, incliné la cabeza hacia arriba y, asombrado, la longitud del árbol parecía no tener fin. Es increíble cómo se erguía hacia el infinito y al mismo tiempo sometía todo lo que pretendía hacerle sombra hasta que terminaba engulléndolo. Nunca me he sentido tan pequeño.

En el interior de la jungla, rodeado de historia abrazada por la madre naturaleza, mil instantáneas se suceden en mi cabeza… las dos niñas pedaleando descalzas y su eterna sonrisa, las Apsaras danzando alrededor de mi locura, mis pequeños ángeles camboyanos, compañeros fieles de viaje, el mimetismo entre naturaleza y piedra, un abrazo entre dos mundos opuestos… recuerdos vagos, recuerdos al fin y al cabo, recuerdos que empujan esa lágrima, la lágrima de la eternidad, la misma lágrima que inspiró a Tagore.

Texto: Babel

(Leer la primera parte de La lágrima de Tagore)


Stephen W. Hawking – Historia del tiempo (1988) Ed. Crítica (Págs 186-187)

Fecha: septiembre 22nd, 2012 | Autor: Antonio Carralón López | Archivado en: Literatura | Tags: , , | Sin Comentarios »

La idea de que espacio y tiempo puedan formar una superficie cerrada sin frontera tiene también profundas implicaciones sobre el papel de Dios en los asuntos del universo. Con el éxito de las teorías científicas para describir acontecimientos, la mayoría de la gente ha llegado a creer que Dios permite que el universo evolucione de acuerdo con un conjunto de leyes, en las que él no interviene para infringirlas. Sin embargo, las leyes no nos dicen qué aspecto debió tener el universo cuando comenzó: todavía dependería de Dios dar cuerda al reloj y elegir la forma de ponerlo en marcha. En tanto en cuanto el universo tuviera un principio, podríamos suponer que tuvo un creador. Pero si el universo es realmente autocontenido, si no tiene ninguna frontera o borde, no tendría ni principio ni final: simplemente sería. ¿Qué lugar queda, entonces, para un creador?