Fecha: marzo 20th, 2013 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, Notas literarias | 1 Comentario »

© Antoine de Saint-Exupéry
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:
-¡Ah!… -dijo el zorro-. Voy a llorar.
-Tuya es la culpa -dijo el principito-. No deseaba hacerte mal, pero quisiste que te domesticara…
-Sí-dijo el zorro.
-¡Pero vas a llorar! -dijo el principito.
-Sí-dijo el zorro.
-Entonces, no ganas nada.
-Gano -dijo el zorro-, por el color del trigo. Luego, agregó:
-Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver nuevamente las rosas:
-No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron bien molestas.
-Sois bellas, pero estáis vacías -continuó-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa que puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa que abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a la que escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.
Y volvió hacia el zorro:
-Adiós -dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
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Fecha: diciembre 18th, 2012 | Autor: Antonio Carralón López | Archivado en: Literatura | Tags: Confieso que he vivido, Confieso que he vivido. Memorias, Notas literarias, Pablo Neruda | Sin Comentarios »
Cada hombre que llegaba de la derrota y del cautiverio era una novela con capítulos, llantos, risas, soledades, idilios. Algunas de estas historias me sobrecogían.
Conocí a un general de aviación, alto, ascético, hombre de academia militar y de toda clase de títulos. Allí andaba por las calles de París, sombra quijotesca de la tierra española, anciano y vertical como un chopo de Castilla.
Cuando el ejército franquista dividió la zona republicana en dos, ese general Herrera debía patrullar en la oscuridad absoluta, inspeccionar las defensas, dar órdenes a un lado y otro. Con su avión enteramente a oscuras, en las noches más tenebrosas, sobrevolaba el campo enemigo. De cuando en cuando un disparo franquista pasaba rozando su aparato. Pero, en la oscuridad, en general se aburría. Entonces aprendió el método Braille. Cuando dominó la escritura de los ciegos, viajaba en sus peligrosas misiones leyendo con los dedos, mientras abajo ardía el fuego y el dolor de la guerra civil. Me contó el general que había alcanzado a leerse El conde de Montecristo y que al iniciar Los tres mosqueteros fue interrumpida su lectura nocturna de ciego por la derrota y luego el exilio.
Otra historia que recuerdo con gran emoción es la del poeta anzaluz Pedro Garfias. Fue a parar en el destierro al castillo de un lord, en Escocia. El castillo estaba siempre solo y Garfias, andaluz inquieto, iba cada día a la taberna del condado y silenciosamente, pues no hablaba el inglés, sino apenas un español gitano que yo mismo no entendía, bebía melancólicamente su solitaria cerveza. Este parroquiano mudo llamó la atención del tabernero. Una noche, cuando ya todos los bebedores se habían marchado, el tabernero le rogó que se quedara y continuaron ellos bebiendo en silencio, junto al fuego de la chimenea que chisporroteaba y hablaba por los dos.
Se hizo un rito esa invitación. Cada noche Garfias era acogido por el tabernero, solitario como él, sin mujer y sin familia. Poco a poco sus lenguas se desataron. Garfias le contaba toda la guerra de España, con interjecciones, con juramentos, con imprecaciones muy andaluzas. El tabernero lo escuchaba en religioso silencio sin entender naturalmente una sola palabra.
A su vez, el escocés comenzó a contar sus desventuras, probablemente la historia de su mujer que lo abandonó, probablemente las hazañas de sus hijos cuyos retratos de uniforme militar adornaban la chimenea. Digo probablemente porque, durante los largos meses que duraron estas extrañas conversaciones, Garfias tampoco entendió una palabra.
Sin embargo, la amistad de los dos hombres solitarios y en su idioma, inaccesible para el otro, se fue acrecentando y el verse cada noche y hablarse hasta el amanecer se convirtió en una necesidad para ambos.
Cuando Garfias debió partir para México se despidieron bebiendo y hablando, abrazándose y llorando. La emoción que los unía tan profundamente era la separación de sus soledades.
-Pedro -le dije muchas veces al poeta-, ¿qué crees tú que te contaba?
-Nunca entendí una palabra, Pablo, pero cuando lo escuchaba tuve siempre la sensación, la certeza de comprenderlo. Y cuando yo hablaba, estaba seguro de que él también me comprendía a mí.
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Fecha: noviembre 13th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: La princesa prometida, Notas literarias, William Goldman | Sin Comentarios »
-En ese caso –dijo el hombre de negro-, os reto a una batalla de ingenio. Vizzini se vio en la obligación de sonreír.
-¿Por la princesa?
-Me leéis el pensamiento.
-Parece que lo hago, ya os lo he dicho. Pero no se trata de nada más que de pura lógica y sabiduría. ¿A muerte?
-Habéis vuelto a acertar.
-Acepto –gritó Vizzini-. ¡Que empiece la batalla!
-Servid el vino –le pidió el hombre de negro.
Vizzini llenó las dos copas con el líquido rojo oscuro. El hombre de negro sacó de sus ropas negras un paquetito y se lo entregó al jorobado.
-Abridlo e inhalad, pero procurad no tocarlo.
Vizzini tomó el paquete y siguió las instrucciones que le acababan de dar.
-No huelo nada.
El hombre de negro volvió a coger el paquete.
-Lo que no lográis oler se llama polvo de iocaína. Es inodoro e insípido y se disuelve rápidamente en cualquier líquido. Da también la casualidad de que es el veneno más mortífero conocido por el hombre. Vizini empezaba a entusiasmarse.
-Supongo que no querréis alcanzarme las copas –dijo el hombre de negro.
Vizzini negó con la cabeza y repuso:
-Cogedlas vos mismo. Mi largo cuchillo no se apartará de la garganta de la princesa.
El hombre de negro se agachó para coger las copas. La tomó en sus manos y dio media vuelta. Expectante, Vizzini lanzó una risotada. El hombre de negro estuvo ocupado durante un largo instante. Luego se volvió de nuevo con una copa en cada mano. Con mucho cuidado colocó la copa que llevaba en la mano derecha delante de Vizzini, y la que llevaba en la izquierda la depositó sobre el pañuelo, pero más lejos del jorobado. Se sentó delante de la copa que había sostenido en su mano izquierda y dejó caer junto al queso el paquete de iocaína vacío.
-Os toca adivinar a vos –dijo-. ¿Dónde está el veneno?
-¿Adivinar? –gritó Vizzini-. Yo no adivino. Pienso. Discurro. Deduzco. Y luego decido. Pero nunca adivino.
-La batalla de ingenio ha comenzado –anunció el hombre de negro-. Acabará cuando vos decidáis y después de que nos bebamos el vino y descubramos quién estaba en lo cierto y quién muere. Debo añadir que los dos beberemos y naturalmente tragaremos en el mismo instante.
-Es todo tan simple –dijo el jorobado-. Lo único que debo hacer es deducir, por lo que conozco de vos, cómo funciona vuestra mente ¿Sois de la clase de hombres que pondrían el veneno en su propia copa o en la del enemigo?
-Estáis dándole largas al asunto -le advirtió el hombre de negro.
-Estoy gozando, eso es lo que estoy haciendo –repuso el siciliano-. Hacía años que nadie me planteaba un reto así, y me encanta… Por cierto, ¿puedo oler ambas copas?
-Adelante. Pero aseguraos de dejarlas luego tal y como las habéis encontrado.
El siciliano olisqueó su propia copa; luego tendió la mano por encima del pañuelo, levantó la copa del hombre de negro y la olisqueó también.
-Inodoro, tal como habíais dicho.
-También he dicho que estáis dándole largas al asunto.
El siciliano sonrió, y mirando fijamente las copas de vino dijo:
-Sólo un perfecto tonto pondría el veneno en su propia copa, porque sabría que sólo otro perfecto tonto escogería la copa que le fue asignada. Está claro que yo no soy un perfecto tonto, de manera que también está claro no escogeré vuestro vino.
-¿Es vuestra última decisión?
-No. Porque vos sabíais que no soy un perfecto tonto, de modo que también sabíais que yo jamás me tragaría semejante treta. Habríais contado con ello. De manera que también está claro que tampoco voy a escoger mi copa.
-Continuad –le pidió el hombre de negro.
-Eso pienso hacer. – El siciliano hizo una pausa para reflexionar-. Hemos decidido ya que lo más probable es que la copa envenenada sea la que tenéis vos delante. Pero el veneno es un polvo hecho con iocaína, y esta sólo proviene de Australia, y ese país, como todo el mundo sabe, está poblado de criminales, y los criminales están acostumbrados a que nadie se fíe de ellos, igual que yo no me fío de vos, lo cual indica claramente que no puedo escoger el vino que tenéis delante. El hombre de negro comenzaba a impacientarse.
-Aunque, una vez más, debéis de haber sospechado que yo conocía los orígenes de la iocaína, de manera que sabíais que también conocía a los criminales y su comportamiento; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tengo delante de mí.
-Habéis derrotado a mi turco, lo cual significa que sois excepcionalmente fuerte, y los hombres así están convencidos de que son demasiado poderosos para morir, demasiado poderosos incluso para un veneno como la iocaína; de manera que es posible que lo hayáis puesto en vuestra copa, en la confianza de que vuestra fortaleza os salvaría de la muerte; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tenéis delante.
El hombre de negro ya estaba muy nervioso.
-Pero, además, habéis vencido a mi español, lo cual significa que debéis de haber estudiado, porque él se pasó mucho años estudiando para
alcanzar la excelencia, y si podéis estudiar, está claro que no sólo sois fuerte. Tenéis plena consciencia de lo mortales que somos todos y no deseáis morir, de manera que habríais mantenido el veneno lo más alejado de vos; por lo tanto, está claro que no puedo escoger el vino que tengo delante de mí.
-Lo único que pretendéis con tanta charla es que me delate –le dijo enfadado el hombre de negro-. Pues no os dará resultado. Os juro que de mí no sabréis nada.
-Ya lo sé todo de vos –replicó el siciliano-. Ya sé dónde está el veneno.
-Sólo un genio habría sido capaz de deducirlo.
-Es una suerte para mí que yo sea un genio –dijo el jorobado cada vez más divertido.
No podéis asustarme –dijo el hombre de negro, pero el miedo resonó en su voz.
-¿Bebemos entonces?
-Escoged, pues, dejaos de rodeos. No lo sabéis, no hay manera de que podáis saberlo.
El siciliano se limitó a sonreír ante aquella explosión. Entonces, una extraña mirada le nubló el rostro y señalando a espaldas del
hombre de negro le preguntó:
-¿Qué diablos será eso? El hombre de negro se volvió a mirar.
-Yo no veo nada.
-Vaya, habría jurado que vi algo, pero da igual. El siciliano se echó a reír.
-Yo no entiendo dónde está la gracia –comentó el hombre de negro.
-Os lo diré dentro de un momento –repuso el jorobado-. Pero antes, bebamos.
Y levantó la copa de vino que tenía delante. El hombre de negro levantó la que tenía delante de sí.
-Habéis escogido mal –le dijo el hombre de negro.
-Eso es lo que vos creéis –repuso el siciliano mientras su risa se hacía cada vez más sonora-. Lo que me ha hecho tanta gracia hace un momento es que cuando os volvisteis para mirar cambié las copas.
El hombre de negro no tenía nada que decir.
-¡Idiota! –gritó el jorobado-. Habéis sido víctima de un craso error de lo más clásico. El más famoso aconseja: <<Cuando estés en
Asia no participes nunca en una guerra terrestre >>. Pero este otro es un poco menos conocido: <<Jamás contradigas a un siciliano
cuando entra en juego la muerte>>.
Parecía bastante alegre, hasta que el polvo de la iocaína comenzó a hacerle efecto.
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Fecha: octubre 3rd, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche, Notas literarias | Sin Comentarios »

Miró Zaratustra a la gente y se quedó sorprendido. Luego continuó hablando así:
“El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda tendida sobre un abismo. Es peligroso cruzar al otro lado, es peligroso quedarse a medio camino, es peligroso mirar atrás, es peligroso echarse a temblar y es peligroso detenerse. La grandeza del hombre radica en que es un puente y no una meta; lo que hay en él digno de ser amado es que es un tránsito y un ocaso. Yo amo a quienes no saben vivir como no sea hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que cruzan al otro lado. Yo amo a los que desprecian mucho, pues ellos son los que veneran mucho; ellos son flechas del deseo lanzadas a la otra orilla. Yo amo a quienes no buscan más allá de las estrellas una razón para hundirse en su ocaso y sacrificarse, sino que se sacrifican en aras de la tierra para que surja de ella el superhombre. Yo amo a quien quiere vivir para conocer, y quiere conocer para que alguna vez aparezca el superhombre; y, de este modo, quiere su propio ocaso. Yo amo al que trabaja y crea para levantarle la casa al superhombre; al que prepara para él la tierra, el animal y la planta; pues, de este modo, quiere su propio ocaso. Yo amo a quien ama su virtud, pues la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo. Yo amo a quien no se queda ni con una sola gota de espíritu, sino que quiere ser enteramente el espíritu de su virtud; y, así, cruza el puente bajo la forma de espíritu. Yo amo a quien convierte su virtud en su inclinación y su destino fatal. Y así, quiere seguir y no seguir viviendo por amor a su virtud. Yo amo a quien no pretende tener demasiadas virtudes, pues una sola virtud es más virtud que dos, ya que es un nudo más fuerte al que queda sujeto el destino fatal. Yo amo a aquel cuya alma se da por entero y no pretende que se lo agradezcan ni que le devuelvan nada; pues entrega siempre y no quiere conservarse a sí mismo. Yo amo a quien, cuando le favorece la suerte en los dados, se pregunta avergonzado: “¿Estaré haciendo trampas?”: pues ese quiere perecer. Yo amo a quien, antes de obrar, lanza palabras de oro y cumple más de lo que promete; pues ese quiere su ocaso. Yo amo a quien justifica a las generaciones futuras y redime a las pasadas; pues ese quiere perecer por la generación presente. Yo amo a quien castiga a su dios porque lo ama; pues la ira de su dios acabará haciéndole perecer. Yo amo a quien tiene un alma profunda hasta cuando le hieren, y que puede perecer ante cualquier exigencia insignificante; pues ese cruza el puente de buen grado. Yo amo a quien tiene un alma tan colmada que se olvida de sí, y lo tiene todo dentro de él; pues a ese todo lo hunde. Yo amo a quien tiene un espíritu y un corazón libres; pues su mente no es sino la entraña de su corazón, y su corazón le impulsa al hundimiento. Yo amo a todos los que son como pesadas gotas que van cayendo una a una del nubarrón suspendido sobre los hombres, pues esos anuncian el rayo y perecen por anunciarlo. Yo anuncio el rayo y soy como una pesada gota que cae del nubarrón. ¡Y ese rayo se llama superhombre!”
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Fecha: septiembre 22nd, 2012 | Autor: Antonio Carralón López | Archivado en: Literatura | Tags: historia, Notas literarias, Stephen W. Hawking | Sin Comentarios »
La idea de que espacio y tiempo puedan formar una superficie cerrada sin frontera tiene también profundas implicaciones sobre el papel de Dios en los asuntos del universo. Con el éxito de las teorías científicas para describir acontecimientos, la mayoría de la gente ha llegado a creer que Dios permite que el universo evolucione de acuerdo con un conjunto de leyes, en las que él no interviene para infringirlas. Sin embargo, las leyes no nos dicen qué aspecto debió tener el universo cuando comenzó: todavía dependería de Dios dar cuerda al reloj y elegir la forma de ponerlo en marcha. En tanto en cuanto el universo tuviera un principio, podríamos suponer que tuvo un creador. Pero si el universo es realmente autocontenido, si no tiene ninguna frontera o borde, no tendría ni principio ni final: simplemente sería. ¿Qué lugar queda, entonces, para un creador?
Fecha: septiembre 9th, 2012 | Autor: Babel | Archivado en: Literatura | Tags: Editorial Planeta, El Mundo, Juan José Millás, Notas literarias | Sin Comentarios »
Cuando digo que mi madre me prefería, quiero decir que estaba enamorada de mí. Por lo visto, me parecía mucho a ella; era, en palabras de la gente, su <<vivo retrato>>. Vivo retrato, qué conjunción tan extraña de términos. Quizá fue la primera de una serie de expresiones del tipo gas natural, penosa enfermedad, revestimiento cerámico, flema británica, envejecimiento prematuro, capilla ardiente, alivio sintomático, tiempo muerto, rojo vivo, etc., que empecé a almacenar, como coleccionista, en la memoria.
Su vivo retrato, eso era yo. Tenía su nariz, su boca, sus dientes, su pelo. Cuando me veía a mí, se veía a sí misma, como Narciso en el reflejo del agua. Yo, en cambio, no me veía en ella. Yo no me veía a mí ni en el espejo. Pero parece que la deseaba, y mucho. A esa conclusión llegué en el diván. Mi vida ha estado determinada por aquel deseo que en el momento de manifestarse provocaba un gran rechazo (de nuevo la unión de contrarios). No me veía en el espejo porque cuando me asomaba a él descubría, en efecto, el rostro de mi madre sobre un cuerpo infantil. Era un espanto. Entonces tomé la decisión de no parecerme a ella y ese fue el proyecto más importante de mi vida. Me miraba en el espejo y ponía caras. <<Poner caras>> era un modo de buscar una identidad. Me pasaba las horas poniendo caras que no se parecieran a la de mi madre. Llegué a adquirir tal práctica que podía mantener durante horas las cejas en una posición antinatural. Corregí la forma de los labios, sobre todo la del superior, que se elevaba en el centro mostrando los dos dientes centrales, las dos palas, que eran idénticas en la boca de mamá y en la mía. Ignoro cuántos músculos tiene el rostro, pero creo que llegué a controlarlos todos y cada uno. Aún hoy, cuando me cruzo por la calle con alguien a quien no me apetece saludar, altero mis facciones de manera que no se me reconoce. Mi héroe de adolescencia sería, lógicamente, Fantomas.
Tras el rostro, le tocaba el turno al cabello, así que un día, en la peluquería, pedí que me cortaran el pelo a cepillo. El peluquero soltó una carcajada. Era imposible hacer ese corte en alguien con un cabello tan rizado como el mío (como el de mi madre, puesto que era suyo). Todo el mundo se rió de mi ocurrencia. Mientras la gente se reía, escuché el ladrido de un perro proveniente del patio interior al que daba el local. El animal pertenecía a uno de los peluqueros, que era cazador. Nunca he olvidado aquellas risas, ni aquel ladrido. Ni el patio interior, al que logré asomarme un día para ver al perro, cuya mirada mantuve durante unos segundos angustiosos.
No parecerme a mi madre. Comencé a comparar sus gestos y los míos, su entonación de voz y la mía, sus giros verbales y los míos… Me quedé espantado al comprobar que era, en efecto, una réplica suya. Hablaba como ella, movía los brazos como ella, intentaba imponer mis opiniones como ella. Durante años (durante toda la vida en realidad), estuve desmontándome y volviéndome a montar de otro modo. Hacía eso mientras crecía, mientras mis piernas y mis brazos se alargaban y me convertía en un adolescente. No desmontaba, pues, una materia inerte, una naturaleza muerta, sino un proceso. Cuando desmontas un proceso, al volver a montarlo, las piezas han cambiado de tamaño.
Cuando digo que mi madre me prefería, quiero decir que estaba enamorada de mí. Por lo visto, me parecía mucho a ella; era, en palabras de la gente, su <<vivo retrato>>. Vivo retrato, qué conjunción tan extraña de términos. Quizá fue la primera de una serie de expresiones del tipo gas natural, penosa enfermedad, revestimiento cerámico, flema británica, envejecimiento prematuro, capilla ardiente, alivio sintomático, tiempo muerto, rojo vivo, etc., que empecé a almacenar, como coleccionista, en la memoria.
Su vivo retrato, eso era yo. Tenía su nariz, su boca, sus dientes, su pelo. Cuando me veía a mí, se veía a sí misma, como Narciso en el reflejo del agua. Yo, en cambio, no me veía en ella. Yo no me veía a mí ni en el espejo. Pero parece que la deseaba, y mucho. A esa conclusión llegué en el diván. Mi vida ha estado determinada por aquel deseo que en el momento de manifestarse provocaba un gran rechazo (de nuevo la unión de contrarios). No me veía en el espejo porque cuando me asomaba a él descubría, en efecto, el rostro de mi madre sobre un cuerpo infantil. Era un espanto. Entonces tomé la decisión de no parecerme a ella y ese fue el proyecto más importante de mi vida. Me miraba en el espejo y ponía caras. <<Poner caras>> era un modo de buscar una identidad. Me pasaba las horas poniendo caras que no se parecieran a la de mi madre. Llegué a adquirir tal práctica que podía mantener durante horas las cejas en una posición antinatural. Corregí la forma de los labios, sobre todo la del superior, que se elevaba en el centro mostrando los dos dientes centrales, las dos palas, que eran idénticas en la boca de mamá y en la mía. Ignoro cuántos músculos tiene el rostro, pero creo que llegué a controlarlos todos y cada uno. Aún hoy, cuando me cruzo por la calle con alguien a quien no me apetece saludar, altero mis facciones de manera que no se me reconoce. Mi héroe de adolescencia sería, lógicamente, Fantomas.
Tras el rostro, le tocaba el turno al cabello, así que un día, en la peluquería, pedí que me cortaran el pelo a cepillo. El peluquero soltó una carcajada. Era imposible hacer ese corte en alguien con un cabello tan rizado como el mío (como el de mi madre, puesto que era suyo). Todo el mundo se rió de mi ocurrencia. Mientras la gente se reía, escuché el ladrido de un perro proveniente del patio interior al que daba el local. El animal pertenecía a uno de los peluqueros, que era cazador. Nunca he olvidado aquellas risas, ni aquel ladrido. Ni el patio interior, al que logré asomarme un día para ver al perro, cuya mirada mantuve durante unos segundos angustiosos.
No parecerme a mi madre. Comencé a comparar sus gestos y los míos, su entonación de voz y la mía, sus giros verbales y los míos… Me quedé espantado al comprobar que era, en efecto, una réplica suya. Hablaba como ella, movía los brazos como ella, intentaba imponer mis opiniones como ella. Durante años (durante toda la vida en realidad), estuve desmontándome y volviéndome a montar de otro modo. Hacía eso mientras crecía, mientras mis piernas y mis brazos se alargaban y me convertía en un adolescente. No desmontaba, pues, una materia inerte, una naturaleza muerta, sino un proceso. Cuando desmontas un proceso, al volver a montarlo, las piezas han cambiado de tamaño.
Fecha: agosto 8th, 2012 | Autor: Antonio Carralón López | Archivado en: Actualidad, Literatura | Tags: El lobo estepario, Hermann Hesse, Notas literarias | Sin Comentarios »
El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo había malbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña de vivir; había trabajado un buen rato dando vueltas a los libros viejos; había tenido dolores durante dos horas, como suele tenerlos la gente de alguna edad; había tomado unos polvos y me había alegrado de que los dolores se dejaran engañar; me había dado un baño caliente, absorbiendo el calorcillo agradable; había recibido tres veces el correo y hojeado las cartas, todas sin importancia, y los impresos; había hecho mi gimnasia respiratoria, dejando hoy por comodidad los ejercicios de meditación; había salido de paseo una hora y había visto dibujadas en el cielo bellas y delicadas muestras de preciosos cirros. Esto era muy bonito, igual que la lectura en los viejos libros y el estar tendido en el baño caliente; pero, en suma, no había sido precisamente un día encantador, no había sido un día radiante, de placer y ventura, sino simplemente uno de estos días como tienen que ser, por lo visto, para mí desde hace mucho tiempo los corrientes y normales; días mesuradamente agradables, absolutamente llevaderos, pasibles y tibios, de un señor descontento y de cierta edad; días sin dolores especiales, sin preocupaciones especiales, sin verdadero desaliento y sin desesperanza; días en los cuales puede meditarse tranquila y objetivamente, sin agitaciones ni miedos, hasta la cuestión de si no habrá llegado el instante del seguir el ejemplo de célebre autor de los Estudios y sufrir un accidente al afeitarse.
Fecha: julio 30th, 2012 | Autor: Antonio Carralón López | Archivado en: Literatura | Tags: Lo verdadero es un momento de lo falso, Lucía Etxebarría, Notas literarias | Sin Comentarios »
El Pumuky del que usted habla no será un Pumuky real, sólo una idea sobre la que se han puesto de acuerdo unos cuantos miles de niñatas. Verá, hay una frase famosísima de Baudrillard que dice que el crimen perfecto, el verdadero crimen es la perfección, es decir, la conclusión, lo acabado. Usted escribe un libro y lo cierra, lo acaba y dice: “Pumuky era esto”. Y lo mata del todo, mucho más muerto de lo que estaba. Mentira. Pumuky no era así ni asá. Pumuky era mil cosas diferentes, y ninguna. Había muchos Pumukys y usted no va a atraparlos a todos en un libro. Pumuky lo sabía. Pumuky era un seductor. Porque cada uno estaba en el grupo por una razón diferente. Yo, porque me gusta la música. Mario, porque tenía esa loca idea de hacer del arte un arma de comunicación política. Pumuky, que no tenía ni puta idea de música y menos de cantar, porque quería seducir. Y la seducción plantea espectáculo, escenario y un espectador que sea cómplice del engaño. Pumuky era un seductor en el escenario y fuera de él. Existía en tanto los demás le miraban, y era diferente para cada persona. Porque a medida que la necesidad es soñada, el sueño se hace necesario. Pero el espectáculo no conduce a ninguna parte, salvo a sí mismo. Y esa fue, creo, la tragedia de Pumuky.
Fecha: julio 26th, 2012 | Autor: Antonio Carralón López | Archivado en: Actualidad, Literatura | Tags: Notas literarias | Sin Comentarios »

El progreso industrial entraña la superproducción, la necesidad de adquirir nuevos mercados, la rivalidad internacional, la guerra. Y el progreso mecánico entraña más especialización y estandarización del trabajo, más diversiones colectivas y preparadas al por mayor, disminución de la iniciativa y de las facultades creadoras, más intelectualismo y el atrofiamiento de todas las cosas vitales y fundamentales de la naturaleza humana, más fastidio y agitación, que no puede tener otro resultado que la revolución social. Cuéntese o no con ellas, las guerras y las revoluciones son inevitables si se permite que las cosas sigan su curso actual.
Fecha: julio 8th, 2012 | Autor: Antonio Carralón López | Archivado en: Literatura | Tags: Ciencia ficción, Isaac Asimov, literatura, Notas literarias, Sueños de robot | 2 Comentarios »
-¡Elvex! -llamó con voz autoritaria.
La cabeza del robot se volvió hacia ella.
-Sí, doctora Calvin.
-¿Cómo sabes que has soñado?
-Era por la noche, todo estaba a oscuras, doctora Calvin -explicó Elvex-, cuando de pronto aparece una luz, aunque yo no veo lo que causa su aparición. Veo cosas que no tienen relación con lo que concibo como realidad. Oigo cosas. Reacciono de forma extraña. Buscando en mi vocabulario palabras para expresar lo que me ocurría, me encontré con la palabra “sueño”. Estudiando su significado llegué a la conclusión de que estaba soñando. [...]
-¿Y qué sueñas?
-Sueño casi siempre lo mismo, doctora Calvin. Los detalles son diferentes, pero siempre me parece ver un gran panorama en el que hay robots trabajando.
-¿Robots, Elvex? ¿Y también seres humanos?
-En mi sueño no veo seres humanos, doctora Calvin. Al principio, no. Sólo robots.
-¿Qué hacen, Elvex?
-Trabajan, doctora Calvin. Veo algunos haciendo de mineros en la profundidad de la tierra y a otros trabajando con calor y radiaciones. Veo algunos en fábricas y otros bajo las aguas. [...]
-¿Y qué más viste, Elvex?
-Vi que todos los robots estaban abrumados por el trabajo y la aflicción, que todos estaban vencidos por la responsabilidad y la preocupación, y les deseé que descansaran.
-Pero los robots no están vencidos, ni abrumados, ni necesitan descansar -le advirtió Calvin.
-Y así es en realidad, doctora Calvin. Le hablo de mi sueño. No obstante, en mi sueño me pareció que los robots deben proteger su propia existencia.
-¿Estás mencionando la tercera ley de la Robótica? -preguntó Calvin.
-En efecto, doctora Calvin.
-Pero la menciones de forma incompleta. La tercera ley dice: “Un robot debe proteger su propia existencia siempre u cuando dicha protección no entorpezca el cumplimiento de la primera y segunda ley.”
-Sí doctora Calvin, esta es efectivamente la tercera ley, pero en mi sueño la ley terminaba en la palabra “existencia”. No se mencionaba ni la primera ni la segunda ley.
-Pero ambas existen, Elvex. La segunda ley, que tiene preferencia sobre la tercera, dice: “Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto cuando dichas órdenes estén en conflicto con la primera ley.” Por esta razón los robots obedecen órdenes. Hacen el trabajo que les has visto hacer, y lo hacen fácilmente y sin problemas. No están abrumados, no están cansados.
-Y así es en realidad, doctora Calvin. Yo hablo de mi sueño.
-Y la primera ley, Elvex, que es la más importante de todas, es: “Un robot no debe dañar a un ser humano, o, por inacción, permitir que sufra daño un ser humano.”
-Sí, doctora Calvin, así es en realidad. Pero en mi sueño, me pareció que no había ni primera ni segunda ley, sino solamente la tercera, y ésta decía: “Un robot debe proteger su propia existencia.” Ésta era toda la ley.
-¿En tu sueño, Elvex?
-En mi sueño. [...]
-¿Continuó tu sueño? Dijiste antes que los seres humanos no aparecían al principio. ¿Quiere esto decir que aparecieron después?
-Sí, doctora Calvin. Me pareció, en mi sueño, que eventualmente aparecía un hombre.
-¿Un hombre? ¿No un robot?
-Sí, doctora Calvin. Y el hombre dijo: “¡Deja libre a mi gente!”
-¿Eso dijo el hombre?
-Sí, doctora Calvin.
Y cuando dijo “deja libre a mi gente” ¿por las palabras “mi gente” se refería a los robots?
-Sí doctora Calvin. Así ocurría en mi sueño.
-¿Y supiste quién era el hombre…, en tu sueño?
-Sí doctora Calvin. Conocía al hombre.
-¿Quién era?
Y Elvex dijo:
-Yo era el hombre.